miércoles, 19 de abril de 2017

Ziryab, el kurdo que triunfó en la corte cordobesa de Al-Andalus.

Fue el que llevó la cultura de Bagdad al lejano Occidente, y fue toda una institución en la cultura andalusí de su tiempo.


Ziryab, de Mosul a Córdoba, puente entre Oriente y Occidente.

Esta sería una tercera entrada dedicada a personajes de Al-Andalus, sin ser por ello una serie propiamente dicha. Al menos, por ahora. Y esto, entre otras cosas, porque la falta de tiempo me impide dedicarle más de lo que quisiera al blog.
En este caso, se trataría de Abu I-Hassan Ali ben Nafi, o simplemente, como fue -y sigue siendo- más conocido: Ziryab. Su apodo, "mirlo" en árabe, viene por lo oscuro de su piel -y más, en Al-Andalus, donde gran parte de la población, musulmana o cristiana, al tener un origen total o parcialmente hispano-romano o visigodo, su color de piel debió destacar más que en Oriente Próximo, de donde era originario-, lo que hizo que también le llamaran "pájaro oscuro", pues el mirlo, como otros muchos pájaros, también destacan por su trino, y Ziryab, además de excelente músico, también tuvo una hermosa voz, y cantaba muy bien.
A pesar de que los arabistas, y no pocos historiadores, lo han estudiado a fondo, en la vida de Ziryab hay algunas cosas no del todo claras. Se está casi seguro que nació en el actual Irak, muy probablemente en Mosul -¿en 789?-, ciudad que, ya en aquella época, era de población diversa, tanto kurda como árabe y cristiana -los antepasados de los actuales cristianos asirios, aunque en esos tiempos los cristianos eran más numerosos-, aparte de no pocos judíos. Y el hecho de que tuviera una piel algo más oscura que los árabes o los muladíes -musulmanes de origen europeo, converso- hace pensar que debió ser kurdo, un pueblo de raza irania emparentado con los persas o los beluchis. Existe una teoría que dice que, en realidad, Ziryab era de raza negra -o mulata-, y converso, pero eso, aunque posible, resulta no muy creíble, pues los libertos, si eran de origen africano, raramente dejaban de ser gente de condición social muy modesta, y que difícilmente podían progresar en el ámbito de la cultura y el arte -exceptuando, sobretodo, a los eunucos, pero estos, o eran esclavos, o libertos muy unidos a los monarcas o poderosos para los que trabajaban, libres o no-.
De su ciudad natal, marchó de muy joven a Bagdad, capital del Califato -en realidad, el Califato no fue "de Bagdad", pues, al ser único, no tenía más nombre que ese: el Califato, el País del Islam-, y fue discípulo del músico Ishaq al-Mawsili. Como aprendió a tocar y cantar rápido, fue presentado, siendo quizá aún adolescente, al califa Harún al-Rashid -del que se habla, incluso, en no pocos cuentos de "Las mil y una noches", por su fama y poder-, que por lo visto, quedó encantado con él, lo que le permitió vivir en la corte, y ganar fama, dinero, pero también aprender en uno de los grandes centros culturales del mundo entero.

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En este cuadro decimonónico, Ziryab -si es él- es representado como un músico de raza negro, y origen servil -se trataría de un liberto, un antiguo esclavo-, aunque de ser así, se habría sabido algo de su origen africano, o de qué individuo o familia fueron sus dueños antes de ser libre, y el por qué decidieron otorgarle la libertad.

Antes de morir, Harún al-Rashid había dividido el poder entre sus dos hijos: el hijo mayor, al-Amin, sería califa y gobernaría el imperio desde Bagdad; el hermano pequeño, al-Mamun, que era de madre persa, gobernaría el Jorasán, que era el nombre que recibían los territorios iranios más allá del Kurdistán -sobretodo Persia, pero también las tierras de los beluchis, pasthunes, y los que más adelante serían conocidos como tayikos, o los territorios que más adelante serían uzbekos o turkmenos-. Y si fallecía el primero, el segundo podría marchar a Bardad, y gobernar el Califato. Pero parece que al-Amin no tenía interés de que su hermano gobernara el Jorasán como si fuera un estado casi independiente, así que al-Mamun se rebeló, uno de sus generales tomó Bardad, y al-Amin perdió la cabeza. En sentido literal -todo eso, el cambio de califa en el poder, sucedió en 813, cuando el músico rondaba los veinticinco, más o menos-. Mientras, entre tantas convulsiones políticas y militares, nadie se preocupó demasiado en los músicos y cantantes de la corte, y al-Mawsili, celoso, le amargó la vida al jjoven Ziryab, que decidió abandonar Bardad -quizá, el nuevo califa al-Mamun prescindió de sus servicios, o no le hizo demasiado caso, no se sabe-, y marchar a África.
Resultado de imagen de ziryab musicoDespués de vagar por Levante -el Sham, en árabe, que no sólo incluye Siria, sino también los actuales Líbano, Israel y los territorios palestinos, y en ocasiones, también la parte más habitada de Jordania-, decidió emigrar al Emirato Aglabí, con capital en Kairuán, que, desde su centro de poder en la actual Tunez -región conocida como Ifriquiya, que se extendía más o menos por el territorio de la antigua Cartago, y la provincia del África romana posterior-, se había extendido por el este a la Tripolitana -la parte occidental de Libia-, y por el oeste, todo el norte de la actual Argelia -donde vivía, y sigue viviendo, gran parte de la población del país-, además de, por el sur, a zonas semi-desérticas, habitadas por tribus bereberes, muchas nómadas o semi-nómadas, y no siempre totalmente islamizadas, y con las que el emirato tenía malas relaciones, en parte porque algunas de estas tribus practicaban el saqueo o, dentro de su territorio, se rebelaban por la discriminación racial y social -los emires aglabíes, incluso, favorecían la inmigración constante de árabes, de Oriente Próximo y Arabia-.
Pero aquel territorio, emirato independiente de facto -reconocía el poder superior del único califa, y aunque parece que nunca se proclamaron independientes, en la práctica, eran tratados por éste como si así lo fueran-, no parecía atraerle demasiado a Ziryab, y se carteó con el emir de Córdoba -el Emirato de Córdoba, o al-Andalus, sí que era un territorio independiente, pues así lo proclamó Abderramán I, único superviviente de la dinastia Omeya, cuando fue exterminada por los Abbásidas, que los sustituyeron en el gobierno califal, y a los que pertenecían al-Rashid y sus hijos, y que acabaron por reconocer dicha independencia-. El emir, Alhakem I, aceptó sin pensárselo dos veces, pues la fama del músico y cantante se había hecho ya internacional, pero cuando Ziryab llegó finalmente a Córdoba, Alhakem había muerto ya. Sin embargo, su sucesor, Abderramán II, no sólo cumplió con la palabra dada por su padre de acogerlo, sino que le ofreció un palacio y una paga de doscientos dinares al mes -una enormidad para la época-, y todo tipo de parabienes que le significaron una posición en la corte que parecería exagerada, teniendo en cuenta que era un recién llegado al país.


El árbitro de la elegancia. El hombre que sabía de todo.

Ziryab no sólo cantaba y tocaba bien, muy bien. Era exótico, diferente, pero dentro de unos mismos parámetros culturales y religiosos. Un músico llegado de la India, o de China, o la Escandinavia vikinga, por decir algo, quizá habría gustado, pero también habría sido muy posible que resultara demasiado distinto, extraño a una cultura como Al-andalus, donde los árabes y bereberes que llegaron durante la conquista, y en años posteriores, se fueron mezclando con los conversos y sus descendientes, los muladíes, y donde cristianos y judíos -en aquella época, todavía numerosos; fue a partir de los primeros almorávides, y su fanática intolerancia, cuando unos y otros emigraron al norte, a docenas, o quizá cientos de miles, fortaleciendo a los reinos cristianos en todos los sentidos- habían ido aceptando, al menos en parte, la cultura dominante, aparte de un árabe cada vez más dialectal y particular. En pocas palabras, Ziryab trasladó melodías, canciones, estilo, instrumentos, de Oriente, del Sham -Siria y Líbano, principalmente- de Irak -la antigua Mesopotamia, como la llamaban griegos y romanos- y Persia y la antigua Media -más o menos, el actual Kurdistán-, aparte de lo que pudo aprender en África. Tras la independencia del emirato con el omeya Abderramán I, el contacto exterior con otros musulmanes fue, sobretodo, con el Magreb, y lo que sucedía más al Oriente no era muy conocido, más allá -y un poco por encima- de los acontecimientos políticos y militares.

"El jardín de Ziryab", una ilustración medieval donde, se supone, el músico regala su arte a todos los que deseaban escucharle.

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El laúd que tocó Ziryab quizá fuera como éste, aunque él le dio nueva forma, alargando el mástil, y aligerando el peso. No se sabe, realmente, qué forma definitiva tuvo su "neo-laúd".

Añadió al laúd árabe una quinta cuerda -la llamó "la cuerda del alma"-, mejorando su sonido, aunque la idea de que, en cierto modo, fue el inventor de la antecesora de la guitarra española, resulta un tanto discutible -aunque no por eso tiene que ser falsa- Cronistas e historiadores posteriores, y no me refiero a actuales, sino a no muy posteriores a su época -la Baja Edad Media- hablaban sobre dos guitarras españolas: la morisca -del territorio islámico; en aquellos tiempos, quizá sólo el Reino de Granada-, y la latina -la de los reinos cristianos, sobretodo en Castilla, que debía incluir ya más de media Andalucia, además de Murcia, el antiguo Reino de León, etc.-. Esto hace pensar que la "proto-guitarra de Ziryab" tuvo dos "hijas", y que de una de ellas descendería la guitarra española moderna. En caso, claro está, de que fuera cierto que, como se cuenta, redujera el peso, cambiara la forma y alargara el mástil de la especie de laúd árabe que se encontró en España, claro está. Además, cambió el plectro de madera -una pieza de forma triangular, pero con ángulos redondeados, con el que se hacían sonar las cuerdas del laúd y otros instrumentos parecidos-, por uno fabricado con uñas o cañones de plumas de águila, fundó el primer conservatorio de música del mundo islámico, e introdujo en al-Andalus el tipo de canto árabe conocido como nubas.
Pero su memoria, imaginación, inteligencia, y seguramente, posibilidad de importar productos de Oriente, hizo que también fuera popular por la renovación cultural no sólo de la corte, sino de las costumbres de toda la clase dirigente -y de clases algo inferiores que intentaban imitarla- del emirato cordobés. Fue considerado un hombre elegante, con clase, experto casi en todo, que influyó en el vestido, la cocina -¿sabía cocinar? Es de suponer que sí, aunque fuera un poco-, y hasta el mobiliario: desde peinarse con flequillo -antes de él, lo habitual era peinarse con raya, y dejarse el pelo largo a los lados-, hasta recetas de cocina de Bagdad, el uso de manteles de cuero fino -no de tela-, el comer espárragos -aunque se sabe que, entre los romanos, se consumían, por lo menos, desde tiempos de los primeros emperadores- y habas tiernas, y el cambio de las copas de oro y plata, que quizá era herencia de tiempos romanos y godos, por otras de cristal tallado, más apropiadas para degustar el vino y otros licores -porque aquellos musulmanes, al menos una parte de ellos, no tenían problema alguna de beber vino; incluso, la España musulmana fue exportadora de vinos de calidad-. Otra costumbre que introdujo fue algo que hoy en día parece tan lógico como un orden a la hora de servir los platos, empezando por los entremeses, y acabando con los postres. Fue algo así como el introductor en Occidente -o re-introductor, tras los romanos- de la carta de platos.
Si es cierto que con él trajo supersticiones persas como el miedo al número trece, o a los espejos ratos, no está del todo claro, pero sí puede resultar posible. Al fin y al cabo, su cultura era tan persa como árabe, él era kurdo, y todo aquello empezó a hacerse popular al poco de su llegada a Córdoba.
Se podría decir que nunca hubo un sólo individuo que, sin ser ni gobernante, ni filósofo, teólogo o riquísimo mercader capaz de traer al país todo tipo de productos extranjeros, llegara a influir tanto en la cultura, el arte y las tradiciones de todo un estado y una sociedad, la del Emirato de Córdoba, que, además, era en su momento uno de los más avanzados y cultos del mundo.
Ziryab falleció en 857, en Córdoba, su patria de adopción, y aunque no se sabe dónde puede estar enterrado, tiene allá un monumento que recuerda su cultura, influencia y genialidad.
En 1990, el músico Paco de Lucía publicó un disco, "Zyryab" -también se acostumbra a escribir así su nombre- dedicado al genio multidisciplinar. 

El monumento dedicado en Córdoba a Ziryab, donde un pájaro -¿un mirlo negro?- se posa sobre un laúd por el transformado en el posible antecesor de la guitarra española moderna.




jueves, 6 de abril de 2017

Mademoiselle de Maupin: la cantante de ópera que ganó todos sus duelos a espada.

Curioso e irresistible personaje del barroco siglo XVII, donde la realidad y la leyenda se entrecruzan.


La "madre" de D'artagnan, que también fue una reconocida artista.

En ocasiones hay personas que, según como se cuente su historia, más bien parecen personajes de ficción. En general, estamos un tanto acostumbrados a que este tipo de personas, o bien vivieron en la Antigüedad o el Medievo -o a lo sumo, el Renacimiento-, o bien en las últimas décadas, lo que permitiría conocer so vida más profundamente, con la posibilidad, también, de tener fotografías o documentos que, por pura lógica, serían imposible en gente de otros siglos.
En el siglo XVII, aparte de monarcas o políticos, hubo escritores o artistas con vidas que darían mucho de sí, pero aparte de personajes "importantes", con un hueco importante en la historia con mayúsculas, o del arte y la cultura en general, también existen otros de la "pequeña historia", cuya vida resulta fascinante conocer.
Y aquí entraría esta señora de la que, hasta hace nada, pues nada sabía. Se trata de la que fue conocida como Mademoiselle de Maupin, que fue conocida por sus numerosos amantes de uno y otro sexo, por su condición de excelente espadachina -se cuenta que nunca perdió un duelo-, y, además, fue una reconocida cantante. Y al contrario de lo que podría pensarse, no se subía cada poco a los escenarios sólo por su atractivo y la facilidad con la que se conquistaba a quien ella deseara, sino porque, realmente, era una excelente intérprete. Tanto, que hubo compositores que crearon obrar pensando en ella como protagonista femenina.
M. de Maupin nació con el nombre de Julie d'Aubigny, en 1673, no está todavía claro donde, aunque probablemente en París o alrededores -o allá se trasladó su familia siendo ella muy niña- y era hija de Gaston d'Aubigny, que ejercía de secretario de Louis de Lorraine-Guise, conde de Armagnac, caballero del mismísimo rey Luis XIV, el Rey Sol, que se pasaba la vida de guerras contra media Europa, para imponer la supremacía francesa dentro y fuera del continente, aprovechando la decadencia del Imperio Español. Como su padre era asiduo de la corte del conde -y por lo visto, también en ocasiones, del mismísimo rey-, la hija en no pocas ocasiones le acompañaba, o al menos, tuvo posibilidad de conocer a gente con la que, normalmente, no trataba lo que al fin y al cabo era su padre: un miembro de lo que ahora llamaríamos clase media rural, por lo que, ya de niña pudo aprender no sólo a leer y escribir -en aquellos tiempos, si el analfabetismo masculino era grande, el femenino era altísimo-, sino también a bailar, dibujar y, lo que la haría más famosa pasado el tiempo: esgrima. Era, por lo que se puede suponer, una joven fuera de lo común, tanto por su carácter, como, sobretodo, por la educación que recibió. Baste decir que, habitualmente, iba vestida como un niño, o al menos, con un vestuario que poco tenía que ver con la incómoda moda femenina de aquellos tiempos, sin importar el origen social, o si se vivía en el campo o la ciudad.
A los catorce años, se convirtió en la amante del conde de Armagnac, al que conocía desde que ella era muy niña -muy probablemente, el conde la vio por primera vez al poco de nacer, cuando su secretario decidió presentársela al señor de la región-, que decidió casarla con el señor de Maupin, de quién heredaría el apellido, y poco más. Gracias a ser, hablando claro, un cornudo consentido, y hacer de la nueva Madam de Maupin una mujer respetablemente casada, su señor marido consiguió un puesto administrativo en el sur de Francia, aunque decidió quedarse en París, ejerciendo su cargo desde la distancia -algo que, claramente, no podía hacer que la administración funcionara demasiado bien que digamos, pero así fue Francia, y así se llegó a la revolución, aunque eso sea otra historia-.
Pero la vida de casada no le iba mucho que digamos. Y menos todavía, con un marido aburrido, burócrata, que tampoco es que tuviera unos ingresos fabulosos, y sobretodo, cuando la esposa en cuestión es una mujer que, en una época machista y misógina, que la condenaba a la casa y la familia, estaba acostumbrada a un grado de independencia casi inaudito, y que además, gustaba tanto del arte del canto, como de la esgrima, que no abandonó tras su matrimonio. Así que, en 1687 -si es real su fecha de nacimiento, tendría unos catorce años; la edad con la que comenzó a ser amante del conde, y con la que se casó con el señor de Maupin-, decidió alegrarse la vida comenzando una relación con el ayudante de su maestro de esgrima, en tal Sérannes. La cosa no pasó de ahí -total, a su marido le daba igual que su joven señora tuviera un amante o dos-, pero Séranne, que era buen esgrimista, pero también hombre de carácter orgulloso y de poco pensar, participaba en algo tan habitual en la época como eran los duelos, y en uno considerado ilegal -pues no todos lo eran-, mató a un tipo que, con toda seguridad, era peor esgrimista, pero de más alta categoría social, y tuvo que huir de París, donde vivía, al igual que su amante y el marido de ésta. Madam de Maupin decidió poner tierra de por medio junto a Sérannes, y no pararon hasta Marsella, que es como decir ir de una punta a otra de Francia.
Pero hasta llegar a la ciudad mediterránea, de algo tenían que vivir, claro está, así que decidieron ganarse un buen dinero en el mundo del espectáculo. En ocasiones, cantaban en tabernas o en ferias locales de pueblos y aldeas, y en otras, hacían exhibiciones de esgrima, donde ella vestía de hombre -ciertamente, más cómodo que luchar con falda hasta los pies, y el corpiño apretado hasta casi no poder respirar-, pero sin ocultar nunca su condición de mujer, lo que hacía de aquellos combates algo realmente atractivo. Ver una mujer luchar como un hombre, y mover el florete como una maestra, a pesar de su juventud, debía ser algo digno de ver.
Tras llegar a Marsella, tras semanas -o meses, todo aquí es muy oscuro- de ir de pueblo en pueblo, Maupin, ahora Mademoiselle, pero usando su apellido de soltera, decidió unirse a una compañía de ópera, dirigida por Pierre Gaultier. Antes de ello, no está claro que apellido utilizaría. Tal vez, ninguno, sino que era, simplemente, la compañera de Mesier Sérannes.
Pero Mademoiselle era mujer que se aburría de una vida monótona, y al igual que aparcó temporalmente la espada y el cante popular para ferias y pueblos por la ópera -en aquellos tiempos, la ópera francesa era la más conocida de Europa, con grandes aparatos de vestidos, efectos, músicos de orquesta, etc.; pasado el tiempo, y a partir de finales del siglo XIX, serían los italianos y los alemanes, con su propio estilo y temáticas, los que acabarían acaparando el mundo operístico, pero eso fue más adelante-, también se aburrió del esgrimista Sérannes, del que poco se sabe ya -¿se dedicaba a ejercer de maestro de esgrima en serio, seguía de ayudante, vivía de su pareja? No se sabe, su historia acaba aquí-. Aunque se cree, o se sabe, o se cree saber, que mientras ejercía de cantante de ópera tuvo más de uno y de dos amantes circunstanciales o temporales, fue con una muchacha, con quién tuvo una relación más seria, pues la ahora Mademoiselle Maupin -es de suponer que su marido haría lo posible para invalidar el matrimonio- era bisexual. Pero los padres de la chica, muy joven e inocente, fascinada por una mujer tan atractiva como magnética para cualquiera en quien ella ponía el ojo -y entre quienes no, pues también-, decidieron evitar el escándalo, y la quitaron de enmedio de la forma más habitual de la época, o al menos una de las dos: obligándola a ingresar en un convento. La otra era el matrimonio, pero parece que la chica no tenía pretendientes que agradaran a su familia. O, tras saberse de su relación con la cantante, quizá ni tenía.
Pero M. Maupin no se quedó con los brazos cruzados. Nunca lo hacía, cuando algo no le convenía o le contrariaba. Decidió rescatar a su amada, introduciéndose, vestida de hombre, en el convento de Visitandines de Aviñón, con un plan en mente realmente atrevido y que, además, funcionó: robó el cuerpo de una monja muerta, lo colocó en la cama de la joven, y para cubrir la huida, le pegó fuego a la habitación, y de paso a medio convento, lo que hizo que, apagado el incendio, sólo encontraran el cuerpo carbonizado de una mujer físicamente parecida -en altura o peso, más o menos- a la desaparecida joven. En aquellos tiempos no había pruebas de ADN, ni policía científica, ni nada de eso, así que ciertas cosas funcionaban. Y a Maupin le funcionaron, ciertamente.

Un grabado de M. de Maupin, de autor desconocido -hacia 1700, tal vez con ella todavía viva-.

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Teatro de la Ópera de París, hoy en día. Aquí actuó, entre otros, M. la Maupin.

La relación, sin embargo, sólo duró tres meses. Tras ello, la chica decidió volver, arrepentida, con su familia. El tiempo de la aventura había acabado. Como era de suponer, a Maupin le cayeron acusaciones de todo tipo: secuestro, incendio premeditado, robo de cadáver, y claro está, también el no comparecer ante un tribunal, pues fue juzgada in absentia. Así que tuvo que huír, de nuevo, pero en este caso, de Marsella a, otra vez, París. Hizo el camino inverso a cuando era una adolescente que huía de un matrimonio de conveniencia con un don nadie, sólo que, ahora, no sólo era famosa por ser una belleza indómita con no pocos amantes a sus espaldas, y con escándalos que daban para una obra de teatro, sino que también disfrutaba de una merecida fama de cantante de ópera.
El París, aparte de librarse de una sentencia que la condenaba a muerte, consiguió ser contratada por la ópera de la capital, después de haberla rechazado inicialmente. Un par de cantantes, amigos suyos, sobre todo un tal Bouvard, convencieron a un alto funcionario cercano al rey para que la aceptara en la compañía, y debutó al poco, como la diosa Atenea en "Cadmo y Hermione" -un título un tanto curioso, teniendo en cuenta que Cadmo, legendario fundador de Tebas, fue anterior en varias generaciones a Hermione, hija de la también legendaria Helena, y de su marido, el rey Menelao de Esparta, o lo que existiera en su lugar, antes de que se fundara la ciudad-, de Jean-Baptiste Lully. Aquello fue en 1690, el año en que llegó de París, huyendo de la justicia marsellesa.

Maupin disfrazada de hombre -o más bien, con una ropa andrógina, en parte femenina, pero inspirada en la moda masculina-, según la visión del ilustrador inglés Aubrey Beardsley (1898).

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Las mujeres espadachinas -y más con los floretes o espadas de la época- resultaron, desde el siglo XVII, realmente fascinantes, y no pocos grabados o ilustraciones hablan de duelos con una o dos mujeres de protagonistas, reales o imaginarias.

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Ilustración moderna de Maupin. Nadie podrá saber nunca cuantos duelos protagonizó, pero cuando consiguió ser una gran estrella de la ópera parisina, parece que fueron muchos. Ella debió ser una de los responsables de que la casa del rey decidiera prohibir los duelos en París, que llegaron a ser una auténtica plaga.

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Un grabado del XIX que, este con toda seguridad, representa a de Maupin.

Quizá sean exageradas las palabras del marqués de Dangeau, que consideraba que la voz de la Maupin era la más hermosa del mundo -o al menos, la más extraordinaria que había oído nunca-, pero sin duda, sí es cierto que sería injusto considerar a de Maupin solamente como una gran espadachina, que se enfrentó a no pocos hombres en duelo, ganando siempre -o eso dice la leyenda-, o una belleza que tenía amantes y admiradores por legión. También fue una gran cantante, probablemente una de las mejores de Francia en su época -las dos últimas décadas del siglo XVII-, bien como soprano, o como contralto -tenía, eso sí, una voz femenina, pero muy grave, y no sólo cuando cantaba-. El nombre de "Mademoiselle de Maupin" viene porque, tanto en París como en Bruselas, se le llamaba así, por la costumbre de llamar mademoiselle a todas las cantantes de ópera, estuvieran o no casadas.
Como actriz y cantante -porque una buena cantante de ópera, y más en Francia, también debía contar con habilidades interpretativas, y no sólo de cante- fue una estrella querida y respetada, y sobretodo, admirada y deseada, con una voz envidiable, y un aspecto que podía ser femenino o andrógino, según hiciera falta, o a ella le apeteciera, pero cuando hablamos de su relación con los compañeros, la cosa cambiaba. Lo mismo cabía decir cuando consideraba que algún espectador, sobretodo nobles engreídos que se creían con derecho a todo, le faltaban el respeto, a ella o a compañeros suyos.
Con Thévenard, cantante que en su momento le ayudó a prosperar en la Ópera de París, tuvo un duelo de ingenio que asombró, y para el que pocos estaban preparados, pero con el famoso cantante Louis Gaulard Dumesny llegó a las manos, cuando molestó y faltó al respeto a las mujeres de la compañía. En cuestión de amores, de Maupin nunca quiso, o tal vez no pudo, tener una relación duradera. En cierta ocasión, se enamoró de la cantante Fanchon Moreau, una belleza deslumbrante, amante del Gran Delfín -título que recibía el príncipe heredero del trono francés-, pero en aquella ocasión, quizá por primera vez en su vida, se vio rechazada de forma clara, no una, sino varias veces. Y aquello debió herirle en lo más hondo, porque hasta trató de suicidarse, o al menos, pensó seriamente en ello. Pero finalmente, la sangre no llegó al río, y en otra ocasión, ya en 1695 -o en 1692, según otras fuentes-, después de una carrera de un lustro que debió parecer mucho más larga, por lo exitosa que había sido, besó a una joven en un baile de sociedad, y aquello, para aquella sociedad hipócrita, que defendía el orgullo, el respeto y la decencia, aunque detrás de aquel teatro social, cada uno tenía sus devaneos, debilidades y vicios, debió ser demasiado. Al menos, no para uno, sino para tres nobles allí presentes, a quien la Maupin golpeó con ganas, dejándoles claro que ella, con su vida, hacía lo que quería. Pero poco antes, una ley había prohibido los duelos en París, y como ella les había retado -como en su momento d'Artagnan, a los tres mosqueteros- , la incumplió, muy probablemente sin darse ni cuenta, y tuvo que huir de nuevo. En este caso, a Bruselas, donde continuó con su carrera, esperando que se enfriara un poco la cosa en la capital francesa. Y de paso, aprovechó para ser la amante de Maximiliano II, elector de Baviera -en aquellos tiempos, Baviera no era todavía un reino independiente, sino un territorio del Sacro Imperio con gran autonomía, en realidad, independencia de facto, y participaba en la elección del emperador, de ahí e nombre de su cargo-. Volvió a Bruselas, donde cantó entre 1697 y 1698, porque allá no sólo consiguió refugio, sino también fama.
De sus últimos años (1698-1705), poco se sabe, aparte de que acabó siendo una de las cantantes más respetadas de Francia, en sustitución de Marthe de Rochois, que se jubiló en ese momento, siendo intérprete de casi cualquier nueva ópera compuesta por los autores más famosos del momento. Continuó, pues, cantando, tuvo una relación con una dama, la marquesa de Florensac, y a la muerte de ésta, cayó en tal estado de tristeza -seguramente, una fuerte depresión de la que no fue capaz de salir-, que se retiró en 1705 de la ópera, y se refugió en un convento, tal vez en Provenza, en el sureste del país, donde murió dos años después, con sólo treinta y tres años. Debió ser enterrada en el cementerio del convento, o tal vez de algún pueblo cercano, pero no se sabe donde, pues nunca se ha encontrado sepultura a su nombre, ni con el apellido de casada, ni de soltera.

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Mademoiselle Marthe le Rochois, en 1890, algunos años antes de su retirada. De Maupin la sustituiría como la gran dama de la ópera francesa.

Respecto a su influencia en la cultura posterior, más allá de la música -al resultar imposible saber cómo cantaba, por no existir forma de conservar la voz de forma alguna-, ciertamente, sí que la ha habido, más allá de que, al menos en Francia y Bélgica, todavía hay gente que conoce bastante bien su vida, aunque en distintas versiones -si ni los historiadores se han puesto de acuerdo en ciertas partes de su vida, menos todavía la gente de a pie-, pero, aparte de eso, habría que hablar de la novela epistolar "Mademoiselle de Maupin", de Théophile Gautier -que escribió de todo, y sobre todo, por lo visto-, en la que explora la personalidad más profunda de la dama, a veces inventando, o reconstruyendo a partir de lo que de ella se sabía, amoríos con hombres y mujeres. Fue la primera gran obra de Gautier, y a pesar de que la utilizó también para defender sus puntos de vista sobre el arte y la literatura, no deja de tener su interés, aunque la forma epistolar -habitual en Francia en los siglos XVIII y XIX- hoy en día parezca algo pasada de moda.
También existe, al menos, una película, co-producción italo-franco-española, pero donde de Maupin es retratada como una aventurera que, vestida de hombre, ingresa en el ejército francés para luchar contra los austriacos, algo que no tenía nada que ver con la vida real de la cantante. Se podría decir que se apropiaron de su nombre para recrearla como protagonista de una película de acción.


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Un grabado realizado por François-Xavier le Sueur, para la novela de Gautier sobre la Maupin.

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Otro grabado -no sé si del mismo autor- de la obra de Gautier.

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Catherine O'Hara, en la película donde se relata, muy libremente, la vida de la Maupin -1966, dirigida por el italiano Mauro Bolognini-

miércoles, 5 de abril de 2017

Los prerrafaelitas (anexo XIII): ... y las obras de Waterhouse se hicieron realidad. El trabajo de Bert Barelds.

Los prerrafaelitas han influido en la fotografía desde los primeros tiempos de este arte. Y en ocasiones, muchísimo.


Hace mucho que escribo más bien poco en el blog, por falta de tiempo, pero también un poco de ganas. Pero en ocasiones, se encuentran en la red cosas realmente interesantes. O al menos, que me interesan a mí.
Este es un caso. Se trata del fotógrafo y director de fotografía holandés Bert Barelds, que entre otras cosas -por lo visto, tiene una obra considerable- una larga serie de reproducciones fotográficas del pintor prerrafaelita John William Waterhouse. Ya en alguna otra ocasión he realizado entradas sobre fotógrafos e ilustradores que se han dejado influir -o directamente, hacer sus propias versiones de originales- de obras de esta corriente, pero en general, fue Dante G. Rossetti, el que más ha llamado la atención de artistas posteriores. Sin embargo, Waterhouse, que tanto gustó de representar su visión de personajes o hechos de la mitología griega, entre otras cosas, podría muy bien estar el segundo en la lista de lo que ahora se llamaría "influencers" artísticos del prerrafaelismo.
Y aquí, unos cuantos ejemplos, donde las fotografías de Barelds son comparadas con los originales de Waterhouse.


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La "sirena" de Waterhouse. Las mujeres-pez fueron unas de las criaturas que más interesaron a los artistas del XIX, en Gran Bretaña y en otros países.


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"Eco y Narciso", son una de esas parejas de amores imposibles o desgraciados de los mitos.


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"Hilas y las ninfas", que según como se vea, se cuenta como un rapto -el del joven, a manos de las ninfas de río-, o más bien una huida de éste de Heracles/Hércules, que según versiones, era un amigo, un amante, o un dueño de Hilas, tratado como un esclavo sexual. Visto con quién se encontró en el río, creo que Hilas optó por marchar de buen grado, dejando con un palmo de narices a Hércules, y al resto de los argonautas.


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La "Ofelia" de Waterhouse. Todo artista del XIX británico, prerrafaelita o no, tenía su propia Ofelia. Pocos personajes literarios han tenido tantas versiones pictóricas, a pesar de haber sido un personaje secundario. Si no fuera por estos artistas, ¿quién se acordaría, hoy en día, de ella?


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"Circe envidiosa". La hechicera de sangre divina también fue uno de los personajes que más llamó la atención en el XIX. Lo de "envidiosa", le viene por un mito menor: Escila, el monstruo del que se habla en la Odesia, realmente fue una bella ninfa de la que estaba enamorado Glauco -una especie de dios menor pescador-, al que, a la vez, amaba Circe. Pero el pescador prefirió siempre a la ninfa, y la hechicera, que no podía soportar no conseguir todo lo que deseaba, decidió convertirla en un monstruo marino. Pero ni aún así consiguió el amor de Glauco. Más bien al contrario, pues la odió para siempre y, según algunos, se suicidó.


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Y como no, también existe una versión de "La dama de Shalott", quizá el cuadro más conocido de Waterhouse, y otra de las musas literarias de los prerrafaelitas -y de otros, también-.


sábado, 1 de abril de 2017

Cuando Peter Bagge ilustraba carátulas de discos -sí, no sólo Cds, también vinilos-.

Los artistas polifacéticos, en uno u otro momento, han hecho casi de todo.


Hace mucho, mucho tiempo, existía el vinilo, que era ese disco negro que se rompia y rallaba -lo sé por experiencia propia- con demasiada facilidad, pero que también guardaban una especie de morbo, de fascinación, olor y sonido que los hacían muy especiales. Tanto, como el adquirirlos, y más, si en tu ciudad tampoco es que hubiera muchos sitios donde conseguirlos, como también las cintas -más baratas y resistentes, aunque no eran lo mismo, no-, como era mi caso, que en no pocas ocasiones los compré por correo.
También recuerdo cuando empezaron a hacerse cada vez más populares esos, en su momento, extraños y brillantes discos llamados Cds -¿se escribe así el plural? Da igual, es un anglicismo, así que lo escribo como quiero, y en paz-. Y una de las cosas que tenían de especiales los discos o vinilos, por encima de las cintas y Cds, que tenían un tamaño mucho más pequeño, eran las carátulas o portadas -yo, al menos, las llamaba así-, que debido a su gran tamaño, eran ideales para que cualquier artista gráfico -ilustrador, fotógrafo, montador, lo que sea- creara allá una pequeña obra de arte. O al menos, algo lo suficientemente atractivo commo para que te interesaras por el disco casi tanto que por el artista o grupo que lo había sacado al mercado.
Si hace poco escribí una pequeña entrada sobre los flyers o folletos de los hermanos Hernández en sus primeros tiempos, en este caso, aquí viene otra sobre los trabajos que realizó otra "vaca sagrada" del arternativo norteamericano, Peter Bagge, en este caso, en el mundo de la ilustración de portadas de grupos de rock alternativo, grunge, o cualquier otro tipo de estilo o sub-estilo de música contundente de finales de los 80 y principios de los 90. No es que conozca a la mayoría de los grupos, ni recuerdo, ni he podido encontrar, el año exacto en que los discos salieron al mercado, pero el momento fue, más o menos, el que nombro. Más o menos, la época del grunge, en que pergeñó su ya legendario "Odio".
Aquí, cuatro ejemplos, de los cuales recuerdo, sí, el primero de ellos, que se vendía por correo en la revista "Discoplay". No tenía idea de quien era aquella gente americana, pero sí que recuerdo la portada, años antes de saber de Bagge y su obra.

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Y alguno más habrá -si lo encuentro, lo podré aquí-, pero estos son algunos ejemplos. La próxima vez, algo un poco más largo.


viernes, 17 de marzo de 2017

Cuando los hermanos Hernández todavía no eran leyendas del cómic americano alternativo.

Los folletos, o flyers, fueron la primera muestra del arte que luego mostrarían en sus cómics.


Arqueología de la cultura popular alternativa: flyers de conciertos punkeros.

Hace ya ni sé cuanto tiempo -me parece casi una eternidad-, que me dio por escribir sobre uno de los hermanos Hernández, los famosos Hernandez bros. Para ser exacto, de Jaime Hernández, del que había leído parte importante de su obra. Realmente, si decidí no escribir sobre su hermano Beto, o Gilbert, fue, precisamente, porque no había leído nada de él. Algo que, por cierto, ya ha cambiado, así que es posible que más adelante le dedique, al menos, una entrada. Seguí escribiendo sobre Jaime, pues su obra resulta tan atractiva como extensa.
Sin embargo, todo el mundo, y también en el mundo del arte y la cultura, tienen un pasado. Y no lo digo, en absoluto, como algo negativo. Simplemente, como un inicio, una primera vez. Al mismo tiempo en que los hermanos Hernández -aquí también habría que incluir al tercero de ellos, el menos prolífico, Mario- comenzaban la aventura de "Love & Rockets", incluso, quizá, un poco antes, también se ganaban unos dolares, y practicaban su estilo rompedor, mediante otro canal, creando unas pequeñas obras que muchos tuvieron en sus manos, pero pocos decidieron guardar, y coleccionar: se trata de folletos, o flyers, anunciando conciertos de grupos o bandas punk, tuvieran o no componentes latino-californianos, la comunidad de la que ellos formaban parte.
Y aquí, varios ejemplos de lo que prometían aquellas primeras obras, separadas dependiendo de quién fue el autor. Resulta interesante comparar estos dibujos casi de adolescencia con las obras posteriores de uno y otro hermano, que con el paso de los años, acabaron teniendo un estilo y personalidad propios, con no poco en común, pero también con sus características propias:

✦Aquí, las creaciones de Beto -o Gilbert, o Gilberto-, el creador del pueblo de Palomar:




✦Y aquí, las de su hermano Jaime, el creador de las Locas:








Esta parte de la historia de los Hernández bros. de la que no tenía idea, la conocí gracias a la web de cultura alternativa "Dangerous minds", de la que aquí dejo un enlace.


viernes, 10 de marzo de 2017

Muhya ben al-Tayyani, protegida y mayor crítica de la princesa Wallada.

Casi como un complemento de la entrada anterior, algo más sobre la sucesora de la dama de Córdoba.


¿Qué es lo que se sabe de al-Tayyani, realmente?

Hace bien poco -en realidad, hoy mismo-, finalicé y publiqué una entrada sobre Wallada, la legendaria -pero  no por ello, real- princesa y poeta de Córdoba, hija del penúltimo califa de todo el Al-Andalus. Y en esa entrada se comenta un hecho bastante poco claro de su larguísima vida, pues vivió casi un siglo: la adopción -pues más bien fue eso lo que ocurrió- de una joven de origen social modestísimo, a la que educó como una princesa, lo que ella misma era, le enseñó lo que sabía, le permitió vivir rodeada no sólo de lujos materiales, sino también de las amistades de Wallada -una multitud de poetas, cronistas, juristas, historiadores o músicos andalusíes, y tal vez también cristianos y judíos-, y llegar a dónde Muhya no habría ni soñado llegar en su vida, porque, simplemente, de ese mundo de ensueño, ella no sabía más que lo poco que podía intuir.
Muhya ben -o bint, según cómo se adopten los nombres árabes en el alfabeto latino- tenía, como ya se contó, un origen modestísimo, a la par de oscuro. Era la hija de un vendedor de higos, y con toda seguridad, debía ayudar a su padre en su modesto negocio, que debía ser, o bien de venta ambulante, o en algún pequeño puesto en uno de los mercados de Córdoba, que si bien en aquellos tiempos ya no era capital del extinto califato ibérico, sí lo era de un riquísimo y avanzado reino Taifa.
Cuando se dice que Wallada "compró" Muhya a su padre, quizá habría que tener en cuenta que no lo hizo como una esclava. Al menos, en caso de que la familia de la joven, y ella misma, fueran musulmanes, pues el islam prohibía comprar y tener como esclavos a individuos que fueran musulmanes antes de ser capturados o comprados. Pero en familias tan pobres, cargadas muchas veces de hijos, deudas, impuestos e hijos, el que uno de ellos, o ellas, fuera en cierto modo adoptado, apadrinado o acogido por un gran señor o señora era una bendición, pues no sólo significaba una boca menos que alimentar, sino también la posibilidad de que ese hijo prosperara, y llegado el caso, ayudar al resto de la familia. Si Muhya echó o no una mano a su padre y al resto de su familia -en caso de tenerla-, no es cosa que haya quedado por escrito en ningún sitio, pero es posible. Aunque también había casos de adoptados -por llamarlos así-, o acogidos que, al ir cultivándose y prosperar económica y socialmente, olvidaban completamente a su familia, sus oscuros orígenes, y la miseria en la que se habían criado.
Hay tres cosas que son ciertas en la vida de Muhya. La primera, como ya se ha contado, es que Wallada, por la razón que fuera, se quedó prendada de ella. No se sabe bien si de su belleza -se cuenta, eso sí, que era muy hermosa-, de su edad -no se sabe ni su fecha de nacimiento, ni de muerte, ni qué edad tenía cuando la princesa la conoció, si era una niña, o ya una adolescente-, o tal vez, en caso de haber tratado con ella y su padre en varias ocasiones, su simpatía, su gracia, o una inteligencia natural que debió llamar la atención de una mujer que, por lo demás, también era alguien fuera de lo común. Tal vez, incluso, fuera algo distinto: Muhya no debió quedarse ni fascinada ni atemorizada por aquella hija, nada menos, que de un califa, y debió hablarle como si fuera una clienta más, con un descaro y una gracia que, en lugar de enfurecer a la orgullosa noble entre nobles, debió parecerle una especie de versión de ella misma, pero más joven, y con mucha menos suerte en la vida. 

walada
"Una mujer oriental", del pintor austriaco del siglo XIX  Friedrich von Amerling. Aunque fue, básicamente, retratista, en alguna ocasión se daba el gusto de algo ás exótico, como esta mujer -viajó por Egipto y Palestina, además de por toda Europa, así que tenía cierta idea de cómo eran las mujeres árabes de su época-. Tanto Wallada como Muhya pudieron tener cierto parecido con esta joven, aunque su ropa más bien podrían corresponder a una turca -en el siglo XIX, ambos territorios formaban parte del Imperio Otomano-, y leer libros como el que tiene en la mano, pues el libro moderno es de origen árabe-musulmán, no greco-romano.

Una segunda, es que Muhya recibió, como mínimo, la misma educación que el resto de jóvenes, éstas, de origen social elevado, de la escuela de damas y salón literario -mezcla de lo uno y lo otro, realmente- pero gratuitamente La diferencia es que, si el resto de jóvenes marchaban a sus casas con sus respectivas familias, o a lo sumo, tal vez, pasaban allá alguna noche, Muhya vivía, comía y dormía allá día tras día, noche tras noche. El palacio de Wallada fue, en la práctica, su casa, su hogar. Eso también significaba poder conocer y tratar a los sabios, artistas y nobles que visitaban a su protectora mucho más profundamente que cualquier alumna, porque una cosa sí era cierta: la muchacha no estaba allá como sirvienta, ni tan siquiera como una especie de artista protegida por una mecenas generosa -aunque también era eso, Wallada, cuando la chica empezó a componer-, sino casi, o sin casi, fuera de la familia. ¿O era algo distinto, a una especie de hija o hermana adoptiva?
La tercera es que, un día, Muhya se marchó. ¿Y por qué? Ese es el gran misterio de la vida de la joven, pero también de su protectora. La teoría que se defendió, durante mucho tiempo, es que, quizá, Muhya, joven, linda, extrovertida y culta, pudo ser una tentación que el amante de Wallada, el también poeta ben Zaidun, y tal vez fuera cierto, y que la supuesta infidelidad con una esclava negra no dejaba de ser una pantalla literaria que ocultaba la auténtica identidad de la amante. Sin embargo, resulta extraño que Wallada no fuera tan dura y mordaz con Muhya, que no la nombra en poema crítico alguno -que se sepa-, como sí lo fue con ben Zaidun, pues de eso sí que hay pruebas. En realidad, parte importante de lo poco que ha llegado de la obra de Wallada. Sin embargo, también podría haber otra explicación: que Wallada sintiera algo especial por Muhya, como sería un auténtico amor lésbico. ¿Correspondido? Tal vez al principio, pero después de un tiempo, una Muhya más adulta, culta y segura de sí misma, optara por marcharse, aquello hiciera realente daño a Wallada, que no querría volver a verla, y su protegida demostrara un resentimiento hacia su maestra y protectora. O tal vez hubiera algún tipo de discusión, de ruptura de una relación que fue cambiando con el tiempo, y que era incompatible con la que Wallada también tenía con el poeta. La protegida, parece, visitaba a la princesa en su casa cuando todavía vivía el califa (murió en 1024), y sus primeros poemas, casi todos perdidos, empezaron a escucharse más o menos por aquellos tiempos, aunque los últimos tal vez sean ya de la década del 1050. Debía ser, en aquellos años 20, muy, muy joven, y tan grande era el placer que Wallada sentía en recibirla, como facilidad que tenía Muhya para visitarla al principio, quizá, para algo tan inocente e inocuo como llevarle la fruta a su casa.

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La joven de pie, apoyada en la columna, parece estar leyendo un libro el resto de personajes del cuadro. Quizá Muhya hiciera algo parecido en las cortes, o las casas de los nobles, que la acogían y le pagaban, y aumentaban su fama.

La cuestión es que Muhya se marchó del palacio de la princesa, y de la ciudad de Córdoba.  al-Tayyani, o al-Qurtubiyya -el otro nombre por el que fue conocida-. ¿De qué, cómo vivió? Probablemente debió ir de corte en corte de los reinos de Taifas, y como debió vivir bastante menos que su antigua protectora y mecenas, no debió vivir la llegada de los almorávides, y el fin de los reinos independientes musulmanes de la antigua Hispania, la España que, en aquellos tiempos, era sólo una entidad geográfica e histórica. Poco nos ha llegado de ella, muy poco, pero no son pocas las fuentes que indican que, desde muy joven, Muhya escribió, y no poco. Fueran sátiras, o versos de amor, tienen un descaro, un sano atrevimiento, una alegre sensualidad -incluso, sexualidad- que resultarían casi inimaginable en autores de la Europa cristiana de la época. Y ya no digamos, en el mundo islámico posterior. Tan posterior, como el de  hoy en día.
Esto es parte importante de lo que queda de su obra, que nadie sabe qué extensión debió de tener:

Wallada ha parido y no tiene marido;
   se ha desvelado el secreto;
   se parece a María,
   pero la palmera que ella sacude es un pene erecto.

No deja de llamar la atención, aunque sólo sea una libertad literaria, hablar de un parto, porque que se sepa, Wallada no tuvo hijos -al menos, reconocidos-. Lo que sí desea destacar Muhya es la vida sentimental y sexual de su antigua maestra, que muy probablemente no sólo incluyó a ben Zaidun, sino a otros hombres, con los que disfrutaba del sexo sin importarle las murmuraciones y prejuicios sociales de la época.

Aleja de la aguada de sus labios
   a cuantos la desean,
   igual que la frontera se defiende de cuantos la asedian.
A una, la defienden los sables y las lanzas,
   y a aquéllos los protege la magia de sus ojos

En uno de sus poemas, que llevaba bordado en las mangas de su vestido, Wallada deja escrito que ella da sus besos a quién los quiera. Sin embargo, aquí dice que aleja de sus húmedos labios a quién desea besarlos, como un ejército las fronteras del reino, y que la magia de sus ojos, el poder magnético de su mirada, de su personalidad, sabe, al tiempo, atraer a los hombres, pero también mantenerlos alejados de su boca... a no ser que a ella, y sólo a ella, le apetezca lo contrario.
Y aquí, el tercero de sus poemas, en este caso, parece dedicado a un amigo o conocido, vendedor de melocotones. Otro vendedor de frutas, como lo fue ella, y antes, su padre.

Oh, tú que das melocotones a tu amada,
  ¡bienvenida esa fruta que da la alegría!
Su redondez imita el pecho de las doncellas,
  pero humilla la cabeza de los penes.

Wallada, hija del califa de Córdoba, y mítica poeta de Al-Andalus.

Casi un personaje legendario, más que real, hasta que fue redescubierta en el siglo XX.


De padre mediocre, hija carismática.

Durante siglos, el conocimiento que se tenía en España sobre los distintos estados musulmanes que existieron en su territorio fue muy escaso. Se podría decir que lo que en sentido amplio se entiende como Al-Andalus -la España musulmana, desde el comienzo de la conquista en 711, hasta la toma de Granada en 1492- sólo existió como contraposición de los reinos cristianos. Como una anti-España, contra la España -y los españoles- verdaderos. Aún cuando la identidad española no existiera, más allá de un sentido básicamente geográfico, como Escandinavia, o los Balcanes.
Pero a partir del siglo XX, o más bien de la segunda mitad de este siglo, se empezó a estudiar dicho período, a recuperar su historia, su cultura, el ver no sólo a sus monarcas, sino también a la gente común, sus pueblos -musulmanes o no- como parte de la historia española, como parte -aunque fuera escasa, teniendo en cuenta la expulsión de los moriscos- de los antepasados, de los antecesores, de los españoles y portugueses actuales.
Pero además de reyes taifas, caifas o emires, o "gente común" -como nosotros, en resumidas cuentas-, ¿hubo otra gente a destacar? Evidentemente, como en casi cualquier otra civilización, país o cultura, sí. Y entre la legión de filósofos, médicos, poetas, etc. -y entre los que habría que reconocer también a cristianos y a judíos, como Maimónides, "el más sabio de los judíos", como era conocido-, también destacó, al menos, una mujer. Y se trataría de Wallada, la poeta hija del califa Omeya -uno de los últimos- Mohamed III, y de una esclava cristiana -aunque conversa al cristianismo, se entiende-.

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Vida y obra de una princesa que no fue de "Las mil y una noches", pues fue bien real.

A Wallada ben al-Mustakfi (994-1091), como a sus contemporáneos, y en general, a los musulmanes de tiempos de Al-Andalus, se les conoce como andalusíes -cuando su territorio era conquistado por cristianos, y si seguían viviendo en tierra cristiana, entonces se les llamaba mudéjares, y más adelante, moriscos-. Digo esto porque, si no se conoces ciertas palabras, a la hora de leer -ya no digamos estudiar- este período histórico, puede llegar el mmomento en que uno acaba por haerse un lío. Su padre fue califa, con el nombre de Mohamed III, y subió al poder en los últimos tiempos del Califato de Córdoba, donde las rebeliones de tal o cual miembro de la familia real, movimientos separatistas, o levantamientos populares, estaban colocando al califato casi el el abismo. Él consiguió el poder, precisamente, aprovechando unos disturbios que lo proclamaron califa (1024-1025), y tras hacer ejecutar a su antecesor, su primo Abderramán V, gobernó de forma tan autoritaria y torpe, que al año tuvo que huir para que no lo pasaran por las armas el mismo pueblo que, inocentemente, lo aupó al trono. Intentó huir a zona cristiana -Aragón, para ser más exacto- pero fue descubierto antes de llegar a su destino, y fue asesinado.
Sin embargo, las crónicas dicen que Wallada, hija de dicho califa -una nulidad de gobernante, y en la práctica, no más que un nombre en una lista de reyes-, y de la esclava cristiana -más adelante, con toda probabilidad, libre, pero también conversa al islam- Amina, nació en 994, pero falleció en 1091. Por tanto, vivió casi un siglo. Algo increíble, en una época en que cualquiera, ricos incluidos, y aún más las mujeres, podría darse por satisfecho si vivía la mitad de esos años. Teniendo en cuenta su larga vida, no sólo vio la caída del califato, y la desintegración en su territorio en multitud de reinos de Taifas, sino también, antes de ello, la subida al poder de Almanzor, en la práctica, dictador militar del califato, tras aislar al insignificante Hixem III en palacio, rodeado de lujos y mujeres. La violencia, en forma de levantamientos, rebeliones populares y guerras civiles, que acabaron primero con la dictadura de Amanzor, y más tarde, en la desintegración política, fue algo que vivió desde la adolescencia, y según se cuenta, pudo asistir al fin de su mundo cuando entraron en Córdoba los almorávides, que vendrían a ser el Estado Islámico o la al-Qaeda de la Edad Media, sólo que en aquellos tiempos, las matanzas de civiles y prisioneros, la esclavitud de los vencidos, o la obligación de éstos a convertirse a la religión de los vencedores, eran cosa bastante habitual, y ciertas cosas, no llamaban demasiado la atención, a no ser que fueran brutales incluso para la época. El hecho de que muriera, precisamente, el mismo día en que su ciudad era conquistada por los integristas, ciertamente, no parece una casualidad, y no sería raro que decidiera suicidarse, o incluso, fuera asesinada.
Ahora bien, ¿cómo se ganó la vida, tras la violenta muerte de su padre, y quizá, sin tener contacto con su madre, de origen servil, si es que aún vivía? Al no haber tenido hermanos varones -reconocidos, al menos-, heredó la fortuna de su padre, así que decidió crear lo que podría llamarse un negocio. Uno, además, que parecía ideal para alguien como ella: una mujer culta, inteligente, artista, con dinero, fama y alto origen social, pero sin marido, ni interés o posibilidad -a menos qu ella la buscara- de tener un hombre a su lado que la mantuviera. Se trataba de lo que podría llamarse "una academia para jóvenes damas". O dicho de otra manera, un lugar donde las jóvenes de origen social y económico elevado podían formarse no sólo como buenas esposas y musulmanas, sino también obtener una cultura y conocimientos -desde vestuario hasta protocolo, poesía o música- que las hicieran especialmente atractivas, y de paso, hacer que ellas también estuvieran más orgullosas y conformes consigo mismas.
Pero Wallada, como hija de califa, no se conformó con una buena casa, y a su lado, o formando parte de ella, lo que sería un local para sus pupilas. Era todo un palacio, donde ella viviría, y enseñaría sus conocimientos a las jóvenes de todo Al-Andalus. Pero no estaba sola, y contó con poetas e intelectuales y artistas de todo tipo, que lo mismo iban a visitarla a ella en particular, y disfrutar de su compañía y conversación, como para dar clase, o iluminar y fascinar a las jóvenes con su arte y conocimientos, animándolas no sólo a disfrutar de ellos, sino también a aprender y a buscar en su interior sus inclinaciones artísticas o literarias. En resumidas cuentas, debían hacer lo que ahora se llaman una -o muchas- masterclass, lo que hacía realmente interesante el acudir a clase, sabiendo que cualquier día podían recibir -con o sin aviso- la visita de un poeta, un filósofo o un historiador. Así, cualquiera se hace buena fama de formadora. Realmente, me viene a la mente otra mujer con no poco en común con Wallada, por su condición de poeta en un mundo artístico -y no artístico también- de hombres, y con una academia de jóvenes damas: Safo de Lesbos. Mi Safo, porque después de leerla, y de buscar tanta información sobre ella, incluso de haber escrito un par de entradas sobre su vida y arte -así que no sé bien si añadir algo más sobre ella-, parece como si la hubiera conocido en persona, o casi.
Wallada, además, no sólo enseñaba conocimientos ajenos. Ella quiso, y consiguió, ser poeta por sí misma. Se conserva poco de ella -nueve poemas, aunque debió escribir más; tal vez no siempre tuvo interés real en conservar lo que escribía-, pero se sabe que participó en competiciones literarias, y de completar poemas inconclusos de otros artistas -algo no tan raro, en aquella época, donde muchos poemas, incluso cortos, eran obra de dos artistas que, normalmente, ni se habían conocido en persona-. Además, era conocida su costumbre de bordar sus versos en sus vestidos. Sobre ello, escribió un poema, que es este, y que incluye -algo también habitual en la poesía andalusí de la época- una especie de introducción, para que el lector comprenda mejor lo que sigue:


Wallada llevaba escrito estos versos en su manto:

Sobre el hombro derecho:

   Estoy hecha, por Dios, para la gloria,
   y camino, orgullosa, por mi propio camino.

Y sobre el izquierdo:

   Doy mi poder a mi amante sobre mi mejilla,
   y mis besos ofrezco a quién los desea.

Sólo con unos versos tan breves, resulta posible hacerse a la idea de qué tipo de persona fue Wallada. Entre otras cosas, alguien no sólo culta, hermosa y elegante, sino también noble, orgullosa, y muy segura de sí misma mujer de elevada estatura, de físico deslumbrante, de piel clara, ojos azules, y cabellos entre rubios y ligeramente rojizos -un aspecto no muy árabe precisamente, sino casi celta, o germánico; hay que tener en cuenta el origen de su madre, cristiana, quizá de sangre goda, o germana, y de que los musulmanes españoles, pasadas unas generaciones, y tras multitud de conversiones y mezcla racial, tenían un origen mucho más hispano-romano, godo, del norte de España, o de esclavos de otros orígenes, como eslavos o caucásicos, que árabe-semita o bereber-. Le gustaba llamar la atención, y no le importó nunca que la criticaran, o murmuraran a sus espaldas. Y no sólo a sus espaldas, sino delante de ella. La llamaban descarada por no llevar velo en la cara, y aunque su belleza y modales cautivaran, su independencia, como artista independiente, sus amistades masculinas, su deseo de independencia -no se casó nunca, ni parece que tuviera necesidad de hijos-, su forma de comportarse en público y e privado, sus deseos constantes, de contradecir y poner a prueba las normas sociales de la época, tuvieron, por fuerza, que hacerla, al tiempo, fascinante, deseable, pero también a veces endemoniadamente incómoda, e incluso criticada con dureza, por la parte más conservadora de la sociedad. Y sin duda, los religiosos -imanes, mulás, teólogos o ulemas- más conservadores, o abiertamente integristas, no podían ni verla. Y era mutuo. Aunque, por lo visto, Wallada optaba más por el dicho de que no hay mayor desprecio que el no hacer aprecio. Simplemente, los despreciaba, y les dejaba parlotear a sus espaldas, aunque no siempre debió resultarle fácil, aún a pesar de contar con la defensa de artistas influyentes, como el también poeta ben Hazam, autor de "El collar de la paloma".  Ella era hija de califa, pero muerto su padre, no tenía autentica influencia política. Para generaciones futuras, pasó a ser considerada una artista de poca monta, pero sobretodo, como un tanto libertina y descarada. Y con el paso de los siglos, directamente, olvidada, obviada. En realidad, fue una mujer independiente, que no quiso casarse, ni encerrarse en palacio, ni desinteresarse por el arte y la cultura por el hecho de ser mujer, y que disfrutó de la vida, de sus amantes, del arte -propio y ajeno-, y además, fue capaz no sólo de no dilapidar su fortuna, sino de conseguir ingresos extra haciendo lo que mejor se le daba: ser ella misma, y que cada cual dijera o pensara lo que quisiera, que a ella tanto le daba. Sin duda, fue una mujer adelantada a su tiempo.

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Este cuadro del prerrafaelita Franc Dicksee, aunque seguramente represente a una odalisca, más que a una princesa, podría dar una idea -aunque influida por el orientalismo del siglo XIX- de cómo sería la princesa. Con algo de imaginación, eso sí. 


Amores y desamores. El fuego del que nacía el arte.

Parte de su obra, que nadie es capaz de saber cuan de extensa sería realmente, no debió ser, al menos en un principio, de dominio público, debido a que era lo que se llamaría "poesía epistolar", que se cruzaba con uno de sus amantes -el más conocido de ellos, y al que más amó, y más adelante, más criticó y vilipendió, oralmente o, como sabemos por lo poco de su obra que nos ha llegado, por escrito-, el también poeta ben Zaydun -o Abenzaidún, en su forma castellanizada, popular en y desde la Edad Media; yo prefiero usar la más moderna y fiel al original árabe-. Ya se ha dicho que Wallada era mujer libre en todos los sentidos. Cierto que, por su origen familiar -era una Omeya, la principal familia musulmana ibérica- y económico, se lo podía permitir -difícilmente lo podrían haber hecho, la enorme mayoría de las mujeres contemporáneas suyas-, pero le habría resultado mucho más sencillo cumplir con las normas sociales y religiosas de la época, buscarse un marido -a ser posible, de un origen social parecido al de ella-, y desaparecer, literalmente, en las brumas de la historia. Pero hay mujeres que no aceptan el yugo de la sociedad machista -de cualquier sociedad, pues todas, en mayor o menor medida, lo son, aunque no todas por igual, también es cierto-, y Wallada, simplemente, no estaba por la labor.
Su gran amor, como ya se ha dicho, fue el también poeta, conocido en las diversas cortes de los reinos de Taifas, ben Zaydun. Se escribían cartas en versos, que muy probablemente, debieron acabando haciéndose públicas, pues si no, resulta difícil saber cómo han podido llegar hasta la actualidad.Cierto es que Zaydun estaba unido -tal vez por amistad o servidumbre más que por parentesco directo- con la también poderosa y rica familia de los Banu Yahwar, pero su relación secreta, a la larga, tuvo que ser conocida, aunque fuera por un pequeño número de personas de confianza, más allá del servicio -no pocas veces, indiscreto-.
Pero los amores intensos no son siempre garantía de fidelidad, y un día, o quizá más de uno, ben Zaydun fue infiel a Wallada, no se sabe bien con quién -ahora entraré en ese tema-, y la princesa, herida en su orgullo -y por lo visto, era muy orgullosa-, no dudó en escribirle a él, y seguramente también en recitar en público, unas rimas que eran auténticas puyas, donde lo trata de infiel, miserable y vicioso.

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Otra visión neocentista de la exótica belleza de la mujer musulmana, más que como mujer real, como personaje de cuentos y leyendas.

Respecto a con quién debió serle infiel, la tradición -casi la leyenda- habla de una esclava negra. En realidad, habría que hablar de eso, de tradición, pero literaria, el que el amante infiel se la pegue a su esposa, novia o amante con una esclava negra, que era, al tiempo, de origen servil, y de una raza considerada inferior, aunque en aquellos tiempos no existía lo que se llamaría un racismo moderno. Pero sí, racismo lo ha habido en muchas épocas, y en muchos lugares. No es que se considerase que todo africano de raza negra fuera inferior a cualquier árabe porque sí, pero casi. Otra versión, sin embargo, es bien distinta, e insinúa que, posiblemente, ben Zaydun fuera bisexual, y en ocasiones, le gustaba probar, digamos, otro tipo de relaciones, y que Wallada, o alguien de su confianza, atrapó al poeta y a su amante -aunque fuera amante de una sola noche- con las manos -o lo que fuera- en la masa. Y aquello, es de suponer, le sentó a la princesa como un tiro.

Y de ahí, este verso que ella le dedica, dando a entender el interés de Zaydun por aventuras con otros hombres:

Si hubiera visto falo en las palmeras,
sería pájaro carpintero.

Sin embargo, hay una tercera versión, y es que, además de tener alumnas de origen social elevado, pero que no siempre debieron mostrar interés por sus enseñanzas, o por las de sus amigos poetas, músicos y demás, contaba con otra, llamada Muhya ben al-Tayyani -imagino que hay otras versiones de su nombre-, hija de un vendedor de higos, a quién Wallada, dicen compró. En realidad, lo de compra sería un poco equivocado, porque, seguramente, ni ella ni su familia eran esclavos. Pero las diferencias sociales eran tan agudas, que no resultaba extraño que un noble pudiera, literalmente, hacerse con los servicios, o, en cierto modo, adoptar, al hijo o hija de una familia modesta pero libre, y tenerlo a su servicio, no como esclavo, pero sí como un sirviente. O en el caso de Muhya, como una especie de hija o hermana adoptiva, o sin llegar a tanto, como una protegida o ahijada. La "hermanita pequeña" de Wallada era, aparte de bonita, muy inteligente, imaginativa, y de lengua ágil. Lo malo es que, una vez que se acostumbró a la vida palaciega, no sólo demostró ser una buena poeta, sino también parecía gustarle el burlarse o pasarse de lista con la persona que la había sacado de la pobreza, y de paso, darle una educación realmente envidiable. Y gratuita.
Sin embargo, aquí también hay una explicación alternativa, mucho más moderna: no es que Muhya se marchara del lado de Wallada porque se cansara de ella, ni porque la joven tuviera relación alguna con Zaydun, sino todo lo contrario; sería la relación entre la princesa y el poeta, lo que haría que la protegida, con la que probablemente Wallada tuviera una relación amorosa, se sintiera desplazada y celosa, y furiosa, desapareciera de forma abrupta de la vida de la noble dama.

Este sería el poema en que Wallada se desahoga de la infidelidad de ben Zaydun. Es aquí, donde se habla de la esclava negra, aunque también es posible que sea, más que una mujer real, una alegoría, o un deseo de no dar demasiadas explicaciones a quién pudiera leerlo o escucharlo, sobre quién le robó el corazón, aunque fuera una sola vez, a la dolida princesa:

Si hubieses hecho justicia
   al amor que hay entre nosotros,
   no hubieses amado ni preferido a mi esclava,
   ni hubieses abandonado la belleza de la rama
   cargada de frutos
   ni te hubieses inclinado hacia la rama estéril,
   siendo así que tu sabe que yo soy
   la luna llena en el cielo.
Sin embargo, te has enamorado,
  por mi desgracia, de Júpiter.

Siendo la luna el astro que más brilla, y Júpiter, un planeta lejano -imposible, en aquellos tiempos, saber de su enorme tamaño-, pero sin brillo propio alguno.

Pero tras el dolor, la ira. Y Wallada, a pesar de ser toda una dama, también sabe castigar con epítetos no precisamente suaves, contra el hombre que la seguía amando, pero que también parecía estar entre dolido y molesto de que su amada no le perdonara:

Esta sátira lleva el nombre de "El hexágono", pues son seis insultos, como los seis lados de dicho polígono, los que le dedica.

Tu apodo es el hexágono,
  un epíteto que no se apartará de ti,
  ni siquiera después de que te abandone la vida.
  pederasta, puto, adúltero, cabrón, cornudo y ladrón.

Sorprende, dicho lenguaje, en una princesa. ¡Qué habría visto, y oído, para que le atacara de esa forma!

En determinado momento, Muhya desaparece de la vida de Wallada. Por lo visto, la joven optó por abandonar a su protectora y maestra, aunque también podría haber sido expulsada de su casa, o invitada a irse. Y una de las razones, por no decir la principal, por la que podría haberse marchado, habría sido el haber tenido una relación con ben Zaydun, o al menos, haber despertado en Wallada celos suficientes como para creerlo. Parece que también le dedicó a ella sátiras y críticas, pero no he podido encontrar nada de ello. Tal vez sólo son suposiciones, o simplemente, dichos versos se han perdido. De haber llegado a nuestro tiempo, se podría saber qué es lo que sucedió realmente entre ambas mujeres.
Pero una vez que Zaydun acabó desapareciendo de la vida, aunque no de la mente, de Wallada, esta no pareció tener suficiente. Zaydun acabó, incluso, pasando un tiempo en la cárcel, y perdiendo sus bienes, aunque es esta caída al abismo, parece que el auténtico responsable fue el gran visir ben Abdus, que deseaba hacerlo desaparecer de la vida de su amada. La gente comentaba en las calles y los zocos la caída en desgracia del conocido poeta -en las sociedades musulmanas, los poetas tienen una importancia enorme, incluso hoy en día-, al que se le veía deambular día y noche por la ciudad, pobre y solo, y que, tras escapar de la cárcel, logró rehacerse económicamente escapando a Sevilla, y pasando a ser hombre de confianza de su rey. La desintegración política del Califato de Córdoba trajo eso: en lugar de un solo monarca, con una sola corte, unos y otras se multiplicaron, y en cada una, se fomentaba el arte y la ciencia. Como en otras ocasiones, la decadencia y las divisiones políticas trajeron buenos tiempos para los artistas dispuestos a adaptarse.
Tras ben Zaydun, fue el visir ben Abdus, el que siempre la amó con locura, fielmente, aunque ella nunca quiso casarse con él, quién logró vivir a su lado, sustituyendo, aunque no de la misma forma, al poeta. Antes de depender para siempre y en todo momento de su amigo y amante no correspondido, prefirió, una vez que su fortuna fue disminuyendo, ir de corte en corte, asombrado a todos los que la conocían y escuchaban. Y cuando no, volvía con él, hasta la muerte de éste, cuando Wallada ya pasaba de los ochenta. Tras la pérdida de alguien a quién, posiblemente, ella nunca acabó de considerar su amante, pero sí su amigo, compañero y protector, la vida de Wallada todavía duraría unos años más -si son ciertas las fechas que se conservan, debió vivir noventa y siete años, que para la época, la debió hacer casi inmortal para sus contemporáneos-, y aunque algunos debieron pensar que ya estaba muerta, o no sabían de su lejana juventud, siguió dedicándose a vivir la vida hasta la entrada de su querida Córdoba de las tropas de los almorávides, que desde el norte de África, llegaron a España, se apoderaron de todos los estados Taifas musulmanes, y finalmente, vencieron a las tropas cristianas del rey de Castilla y León Alfonso VI, que años antes había conquistado Toledo y Madrid, entre otras poblaciones. Sin embargo, fue una victoria efímera, y ni ellos, ni los almohades, que también llegarían desde África para gobernar Al-Andalus, pero que, a pesar de su victoria frente a Alfonso VIII de Castilla, tampoco pudieron avanzar mucho más allá.
Pero eso, los relatos de batallas y combates, ya son otra historia.

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Monumento en Córdoba, que recuerda el amor entre Wallada y ben Zaydun.

Entre las webs donde he encontrado información, aparte, como no, de la wikipedia, destacar "De Al-Andalus a Sefarad", con un enlace aquí, y "Long Island al día", con otro enlace, aquí.

En 2000, se publicó la primera biografía del personaje: "Wallada, la última luna", de Matilde Cabello.