viernes, 3 de agosto de 2012

Los señores -y señoras- de las cumbres: los circasianos.

Circasia: misteriosa, irreductible, heroica y -pese a quien pese- muy viva.


Montañas inaccesibles, pueblos indomables.

Como ya se ha comprobado, me resulta difícil dedicarme a escribir sobre un tema en particular, desechando el poder hacerlo sobre otros muchos. Y este es un ejemplo. Desde siempre me ha interesado la historia, así, en general, y cuando te da por leer -más bien, casi estudiar de forma autodidacta- la historia humana, también acabas adquiriendo conocimientos de ramas del saber más o menos cercanas a ésta, como son la geografía física y humana, la antropología y la etnografía. He aquí un caso. Desde hace ya tiempo me dio por intentar conocer, aunque fuera superficialmente, la multitud de pueblos y lenguas de la antigua Unión Soviética, y no teniendo suficiente con el inmenso espacio eslavo -lo que serían Rusia, Ucrania y Bielorrusia, aunque no es su totalidad, sino en las zonas donde los eslavos son amplia mayoría- me interesé sobremanera por el Asia Central, el Cáucaso y la Transcaucasia -la zona más al sur: Armenia, Georgia y Azerbaiyán-, y la inmensa Siberia, desde los Urales -muro entre Europa y Asia- a la lejana Vladivostok  en la costa del mar del Japón.
En esta modesta entrada, será uno de los pueblos del Cáucaso de los que más se llegó a hablar y escribir en la Edad Media, y en épocas posteriores, hasta mediados del siglo XIX, hasta que, a partir de ese momento, y hasta principios del siglo XX -más o menos, recién acabada la I Guerra Mundial- acabó por ser olvidado, como si, falsamente, se hubiera extinguido casi al completo. Se trata de los circasianos; en su momento, el más importante y numeroso de los pueblos de las montañas del Cáucaso Occidental.


Para los interesados en la etnografía y las lenguas exóticas, es un paraíso. Para la mayoría, un galimatías ininteligible.

Hoy por hoy, se puede decir que los circasianos, como los armenios, son un pueblo no ya dividido geográficamente, si directamente disperso entre diversos estados, no siempre fronterizos unos con otros. Esta diáspora, aunque menor que la de éstos, o la de los judíos o los chinos, no deja de ser grande, y en principio, para quién no conoce su historia reciente -por reciente, me refiero a los dos últimos siglos-, un tanto desconcertante. Si son un pueblo originario de las montañas caucásicas, o sea, del extremo sur de Rusia, ¿por qué gran parte de este pueblo vive en la actual Turquía? ¿Y por qué existen colonias suyas en Siria, Jordania, Israel y más que seguramente -aunque no se sepa nada de ellos- en Egipto o Líbano? Se puede entender, que también exista una pequeña colonia en Estados Unidos, ¿pero qué hacían comunidades circasianas en Kosovo o Bulgaria? Todo esto tiene una doble explicación: la gran huida de sus tierras ancestrales durante el siglo XIX, y el hecho de que, al mismo tiempo, el Imperio Otomano favoreciera su inmigración masiva.
Nadie es capaz, realmente, de quienes fueron los primeros antepasados de los actuales circasianos. Algunos antropólogos -rusos incluidos- creen que descienden de una migración de pueblos originarios de Anatolia, de la actual Turquía asiática, ocurrida hará, por lo menos, 3500 años, quizá hasta 4000. Es de suponer, entonces, que eran habitantes del legendario y todavía semidesconocido Imperio Hitita, la Hatti de los egipcios de épocas faraónicas. Sin embargo, no parece que fueran hititas auténticos, sino más bien alguno de los pueblos vasallos de un estado, por lo demás, bastante poco cohesionado y centralizado, y donde lo que ahora llamaríamos "minorías étnicas" tenían un amplio autogobierno. Mientras pagaran tributo, claro está, y no se levantaran contra el señor de señores. Probablemente tuvieran algún parentesco -o incluso formaban parte íntegra- de las tribus gasgas, que vivían al norte del Imperio Hitita, lanzando periódicos ataques contra éste, y sólo dominados -y parcialmente- durante los períodos de máximo esplendor de dicho estado. O, quizá, con el enigmático reino de Azawa, poblado por la igualmente misteriosa etnia luvita, muy al oeste de Anatolia, y probablemente con contactos con la legendaria Troya, y que, tiempo después, cayó bajo los ataques de los misteriosos Pueblos del Mar -el nombre que le dieron los egipcios y los pueblos de Oriente Próximo a los aqueos, los primeros griegos que atacaron e intentaron formar colonias en tiempos de la guerra de Troya, o inmediatamente después-.
Sin embargo, es posible que de aquella zona sólo llegara una pequeña cantidad de inmigrantes, pero inmigrantes civilizados, urbanos, y que ejercieran un gran poder e influencia sobre los pueblos que se encontraron en las montañas caucásicas, o en la actual Georgia. De ahí, a transformarse en sus príncipes y nobles, sólo había un paso. Parece algo difícil de creer, pero en la más lejana Antigüedad -y antes todavía, en el Neolítico- la cultura, el conocimiento de la agricultura, de la doma del caballo, de la forja de metales, o de ser capaces de transformar aldeas aisladas en una pequeña ciudad, transformaban a algunos individuos o pequeñas comunidades, aunque fueran de origen claramente foráneo, en líderes políticos y sociales.
Pero eso, ya es otra historia.
Pasados los siglos, se empezó a hablar de una multitud de tribus montaraces que iban desde el Mar Negro hasta el Caspio, y desde la llanura rusa -cuando todavía Rusia no existía, y los eslavos apenas habían empezado a salir de las zonas pantanosas o boscosas de la actual Bielorrusia, o el norte de Ucrania, que se supone su tierra ancestral- hasta Armenia -por aquel entonces, un gran reino, que incluso llegó a ser un enemigo de cuidado para la Roma republicana-. En principio, no fueron capaces de formar reinos o repúblicas, ni contaban con ciudades de importancia. Los romanos no tuvieron demasiado interés en dominarlos, aunque a veces les atacaban para impedir que se pasaran de la raya y atacaran provincias o vasallos suyos. Antes que ellos, los griegos sí que habían tenido cierta relación con ellos, por lo menos, con la gente de la costa, y eso significó cierta influencia cultural. Y fue una relación antigua. La famosa leyenda de Jason y los Argonautas, y el Bellocino de Oro, no fue más que una expedición -de saqueo y piratería, por mucho que los griegos posteriores lo contaran como una travesía de simpáticos y enamoradizos aventureros- de griegos aqueos, contra el misterioso y casi olvidado reino de la Cólquida, en la actual costa de Georgia. Eso fue hace mucho tiempo, pues a la gente de Jason se le consideraba como la generación anterior a los que participaron en la Guerra de Troya, y eso es como decir que ocurrió, aproximadamente, hace 32 o 33 siglos. Pero más al norte de Colquida, por lo que se decía, sólo vivían salvajes, igual que hacia el este. Al oriente, vivían los llamados iberios -nada que ver con los íberos de la actual Península Ibérica- o íberos del Cáucaso, y los albaneses -nada que ver con el pueblo de los Balcanes-; y más al norte, los alanos. Probablemente, los primeros eran los antepasados de los georgianos del interior; los segundos, con los azerbaiyanos -aunque éstos tengan bastante sangre turca; más bien, fueron los primeros habitantes del país-; y los terceros,  emparentados con los persas, de los osetios, el único pueblo cristiano de aquella montañosa zona.
Mucho después, los romanos del Bajo Imperio sintieron los ataques de los sármatas, que vivían en la actual Ucrania, y en Moldavia. Y detrás de ellos llegaron otros muchos guerreros a caballo, que apenas conocían la vida en ciudades, la agricultura o la escritura. A todos se les llamó alanos, pero es de suponer que habría entre ellos gran variedad étnica y lingüística. Pero los romanos, exceptuando a auténticos intelectuales como Tácito -autor de la "Germania", donde trataba sobre aquella lúgubre y fría región-, no estaban muy interesados por la antropología, y aquella gente, sólo resultaba interesante como aliados -mercenarios, a falta de soldados autóctonos- o como esclavos. Y si no recibían ataques suyos, ni se podían servir de ellos, pronto los olvidaron.
El Imperio Bizantino, sin embargo, en parte los cristianizó, pero el islam acabó con su cristianismo ortodoxo pronto. Sin embargo, lo que entendemos como integrismo islámico, poco pudo extenderse entre gente que no tenía interés ni en la alta cultura que algunos musulmanes aprendieron de persas y bizantinos -romanos, los llamaban ellos-, ni, tampoco, extender su nueva fe por medio de la yihad. Como los tuaregs, tan aparentemente distintos a ellos, prefirieron mantenerse en sus montañas, divididos en tribus, subdivididas a la vez en clanes, absorbiendo influencias de bizantinos, eslavos -el país de Rus, el primer estado eslavo de la actual Rusia, con centro en Kiev: la Kieva Rus-, persas, armenios, árabes, o cualquier otro pueblo que por allí pasara. En lo que sí destacaron, fue como mercenarios, aunque tampoco eran demasiado amigos ni de marchar por demasiado tiempo al extranjero, ni en instalarse en tierra extraña.
Así estuvieron, como pueblos más o menos independientes, teóricos vasallos del Imperio Otomano, sucesor del Bizantino, o de la cada vez más poderosa Rusia zarista, sufriendo siempre las sangrías de los ataques, o compras, de jóvenes de ambos sexos, para servir como soldados del sultán los primeros, o como esposas, concubinas o simples esclavas, las segundas. Si ya se conocía a los primeros como guerreros terribles, en aquella época se empezó a conocer a las segundas como mujeres de una belleza extraordinaria. Y a veces, lo que parece una suerte, se transformaba en desgracia y pérdida de libertad. Aún así, no pocas se beneficiaron de su papel en el serrallo, colocando a sus hijos en el trono, favoreciendo la eliminación de tal o cual visir o alto funcionario, o, incluso, provocando la caída de un sultán, o el tener en la sombra más poder que cualquier hombre de la Sublime Puerta, la corte otomana.

El guerrero ecuestre -una estampa representativa de combatiente total-.

Todo este período iría desde la Edad Media, hasta bien entrado el siglo XIX. A partir de ahí, su historia cambiaría para siempre. El Imperio Otomano, conocido como "el enfermo de Europa" -ahora, parece que son otros enfermos, los que débiles y vituperados, cada vez tienen menos energía para defenderse de fuerzas más oscuras que los ejércitos y los embajadores-, ya apenas ejercía poder alguno. Y Rusia, después de su importantísimo papel en la derrota de Napoleón, y de haber engullido Finlandia y media Polonia tras el Congreso de Viena de 1812, decidió ocupar el puesto de gran potencia que ya se intuía en tiempos de Pedro el Grande y Catalina II. A partir de la época del zar Alejandro I, y después del zar Nicolás I, se empezó a expandir por todo el Cáucaso y la Transcaucasía, además de por Asia Central y Extremo Orienta. Georgia, Armenia y Azerbaiyán cayeron pronto -ni Turquía ni Persia podían hacer nada contra el oso ruso-, y los pueblos de las montañas quedaron rodeados por Rusia por todas partes. Hubo pueblos que se rindieron fácilmente, otros no tanto. El checheno Shamil -aunque no era de Chechenia, sino de Daguestán-, consiguió formar algo parecido entre una mezcla de estado islámico y confederación tribal en gran parte de ese espacio, pero finalmente fue vencido. Los circasianos iban un tanto por libre, y aunque fueron un rival durísimo, y que en mayor o menor medida, ya recibían ataques de los cosacos -los colonos-guerreros rusos que ocupaban enormes espacios sin dueño claro por Europa y Asia- desde el siglo XVII, no pudieron vencer a la llegada masiva de tropas regulares. Cientos de miles de soldados, con armas de fuego, incluida artillería, que destruyó pueblos, masacró poblaciones enteras -mientras también conseguía, para evitar la despoblación completa, pues los eslavos no eran demasiado entusiastas de instalarse allá, algún tratado de paz, con la tribu de los kabardinos- y acababa aplastando cualquier tipo de resistencia armada.

Uno de los sangrientos combates (ejemplo de "guerra total") entre tropas zaristas y guerreros montañeses.

Al tiempo, los turcos, debilitados por los movimientos independentistas de los cristianos de Europa -primero los griegos, después, los rumanos, serbios, búlgaros...-, decidió favorecer la inmigración de aquella gente musulmana, guerrera y dura, por la que siempre tuvieron cierta simpatía. Pero a la hora de la verdad, los refugiados tenían que llegar sin apenas ayuda. No tenían dinero ni bienes, las embarcaciones que mandaba Turquía muchas veces eran subcontratadas, y estaban en tan mal estado -corrupción, sin duda, pues el dinero invertido para el traslado, probablemente fue mayor, pero se perdió por el camino- que no pocas se hundieron, provocando miles de muertos. 
Finalmente, cientos de miles de circasianos, de abjasios -otro pueblo musulmán, en este caso, de Georgia-, de chechenos y otros pueblos de la zona, llegaron durante al menos dos décadas, y se les trató como soldados, colonos y ciudadanos de territorios de mayoría cristiana -griegos de las costas del Egeo y el Mar Negro; armenios del sur y el nordeste, cerca de Persia-, o en regiones árabes, consideradas semi-salvajes, o, incluso, en Bulgaria -que tardó bastante, hasta 1908, en conseguir su completa independencia- o Kosovo -aquí, tal vez un apoyo a unos albaneses que no parecían suficientemente fiables para oponerse a los serbios-. En la zona árabe, curiosamente, y a pesar de los primeros conflictos con tribus de beduinos, se integraron relativamente bien, llegando, incluso, a repoblar la ciudad de Amman, capital de la actual Jordania, que llevaba siglos prácticamente en la ruina, y formando colonias en Siria -como Alepo-, y en Palestina. En el actual Israel, existen dos pueblos en el norte del país, con cierta autonomía política y cultura, poblados casi totalmente por circasianos. Pero, claro está, fue en la misma Turquía -en Estambul, y en todo el norte, en Sinope y Transzop, la antigua Trebisonda de los griegos- donde se hicieron más numerosos. Hasta ahora. La fecha de 1864, en que fueron definitivamente derrotados, y parcialmente expulsados, es para los circasianos un año infausto, y cuando quieren protestar contra el imperialismo ruso -real o ficticio- no es raro que la saquen a relucir.


Dónde viven, cuantos son, y qué grupos forman.

Hoy por hoy, los circasianos son más un pueblo que forma parte íntegra de la actual Turquía, que de la misma Rusia, de donde son originarios.
En territorio turco, probablemente vivan entre 2'5 y 3 millones de circasianos auténticos. Es difícil saber su número exacto, por la doble razón de que éstos, desde el principio, se fueron mezclando racialmente con los turcos, y porque, en ocasiones, se contabilizan como circasianos a otros pueblos emparentados con ellos, como los absasios de Georgia, o los chechenos. Pueblos de raza y lengua caucásicas, pero con claras diferencias históricas y culturales. Se contaba a finales del siglo XIX que los mercados de esclavos turcos, pues allá existió legalmente la esclavitud hasta principios del siglo XX, estaban llenos de bellas circasianas, pero esto parece, como mínimo exagerado, por no decir falso. En aquella época, los esclavos eran sobretodo negros -también entre los musumanes, y no sólo en el continente americano, había esclavos de esa raza-, pero los blancos -y aunque no sean indoeuropeos, a los pueblos caucásicos se les podría considerar como tales, aunque los ingleses de la época los llamaran "nativos", comparándolos con los de Estados Unidos, que también luchaban por su independencia, cuando no por su misma subsistencia como sociedades- eran poco comunes. Además, la casi totalidad de ellos eran musulmanes -excepto un pequeño número de paganos, que raramente sacaban a relucir su auténtica fe; y otro pequeño número de cristianos ortodoxos, que acabaron por fusionarse con los rusos, y que en ningún momento emigraron-, y, al menos en principio, estaba prohibido por cuestiones religiosas y morales que un musulmán comprara como esclavo a otro musulmán. Otra cosa es que el esclavo en cuestión se convirtiera al islam, pero esa era otra cuestión. La realidad, creo yo, fue otra bien simple: en la guerra, después de generaciones de combates que acabaron en los últimos años en la masacre de ejércitos enteros de circasianos -y de rusos, aunque su reserva demográfica era infinitamente mayor- hizo que, por cada hombre entre los quince y los cuarenta años hubiera, por lo menos, ocho o diez mujeres. Y como entre ellos la poligamia era algo rarísimo, y, ademas, muy pocos hombres podían mantener a más de una esposa, y teniendo en cuenta que los que llegaron a Turquía estaban tan faltos de recursos como las mujeres, hizo que muchísimas de ellas no tuvieran, como quién dice, de qué vivir. Y como en el Imperio Otomano de la época la poligamia no sólo era legal, sino algo relativamente normal, no pocos turcos -y no turcos, incluidos algunos griegos y otros ex-cristianos conversos- decidieron que, en caso de no ser ni solteros ni viudos -que los había, y bien lo aprovecharon-, muy bien se podían tener una esposa turca, y otra circasiana. El cómo llegaran a convivir una y otra, ya era otra cuestión, y no me extraña que, en aquella época, ese conflicto de esposas de distinta raza, cultura y origen diera para muchas historias, dichos y chistes, aunque actualmente, toda aquella ocurrencia popular de otras épocas se haya perdido ya.

Una familia de origen modesto (campesinos, aunque quizá no braceros o siervos) antes de la conquista definitiva por los rusos.

En Turquía, la primera generación nacida ya en suelo patrio ingresó de forma numerosa en el ejército, y los circasianos tuvieron su lugar -bastante grande, además- en el movimiento de los Jóvenes Turcos, que quería hacer de su país una nación fuerte y avanzada, aunque fuera a través del autoritarismo de un ejército rejuvenecido, fortalecido y modernizado. Y no hay duda, de que participaron no sólo en la I Guerra Mundial, sino también en la masacre de los armenios, en la expulsión de los griegos -y en la acogida de los musulmanes de Grecia y otras naciones balcánicas-, en el reparto de los bienes de unos y otros, y en el nuevo proyecto de Ataturk de una Turquía republicana, laica, culta y moderna. Pero no sólo fueron militares, ni todos, en absoluto, eran individuos autoritarios o cristianófobos. Parte de la Turquía más laica actual, además de la secta chiíta de los alevíes -entre los musulmanes, la palabra "secta" es bien distinta, y bastante menos peyorativa, que entre los cristianos, pues sería, más bien, al equivalente a "iglesia" o corriente religiosa disidente dentro de la religión musulmana-, y de la clase media o alta de Estambul, está compuesta por circasianos y otros descendientes de caucásicos. La Turquía actual, sin embargo, resulta un tanto contradictoria para ellos: por un lado, la prefieren a la islamización del actual presidente Erdogán; por otro, representa la visión de Ataturk de una nación racial, cultural y lingüísticamente homogénea. Y de la misma manera que tanto les ha costado reconocer la existencia de kurdos, también sucede con los armenios, árabes, siriacos cristianos, georgianos, circasianos, gitanos, albaneses, bosnios, judíos, etc. E, incluso reconociéndolos, no dejan de verlos, simplemente, como una simpática colección de trajes regionales -aunque estas supuestas regiones fueran, realmente, países distintos de donde son originarios muchos de sus habitantes- y bailes folclóricos.
En Rusia, el país de donde son originarios -por mucho que no lleven más que un par de siglos formando parte de él-, viven repartidos en tres repúblicas que llevan el nombre de las tres antiguas tribus -hoy en día, más bien habría que llamarlos "comunidades separadas", o algo parecido, pues no dejan de ser el mismo pueblo, y considerarse una sola nación que tiene la desgracia de vivir geográficamente separada-. La más pequeña y occidental se llama Adiguetia, o Adiga -que sería su forma más correcta-, y que tiene, realmente, casi tres cuartas partes de población étnicamente rusa, por lo que, hasta no hace tanto, no era ni república autónoma, sino sólo región. Los adigas no llegan ni al 25% de la población en sus tierras ancestrales, en su propio país. Las otras dos repúblicas, que comparten con dos pueblos de raza y lengua turca -los balkarios y los karachais, si esta es la forma correcta en lengua española; pues se ha traducido de diversas maneras- y con población rusa eslava. La república más oriental recibe el larguísimo nombre -por hacer referencia, como ya se ha dicho, a dos comunidades bien distintas y no siempre bien avenidas entre sí- de Kavardino-balkaria. La segunda, algo menor, en medio de las otras dos, recibe el igualmente difícil de recordar de Kachaievo-cherkesia. En este caso, la comunidad circasiana son los cherkeses, que a veces, erroneamente, se les llama circasianos en particular, olvidando a las otras dos comunidades.
Respecto al peso de la población circasiana, ya se ha dicho que en Adiga apenas son una cuarta parte. En Kavardino-balkaria, en cambio, son algo más de la mitad debido, principalmente, a que en los últimos diez años han emigrado a las grandes ciudades muchos rusos y ucranianos, haciendo que el peso de los autóctonos aumente, aunque su número apenas haya aumentado. En Karachaievo-cherkesia, sin embargo, los karachais turcos son casi la mitad, pero los cherkeses, a pesar de ser considerados los circasianos más representativos, apenas son una quinta parte. También existe allá un cuarto grupo -o tribu, o sub-tribu, aunque entre este pueblo las divisiones tribales han sido ya casi olvidadas, por considerarlas obsoletas-, conocidos como abaz -o abaces, abacinos... es español todavía no está claro el nombre de numerosos pueblos y territorios de la antigua URSS-, y que se consideran, ellos también, como circiasianos, aunque no está claro si como grupo independiente o no.


Un cuadro representativo de guerreros circasianos -o, al menos, caucásicos, porque también podrían ser de algún pueblo túrquico de la misma región- atacando  a caballo.

Fácil es suponer que una comunidad dividida en cuatro grupos y separados geográficamente, que apenas es mayoritaria en ningún sitio -los cherkeses tenían su capital, Cherkesse, donde eran la minoría más numerosa, pero la emigración rusa ha hecho que pasaran de ser más de 1/3 a uno de cada ocho habitantes en pocos años-, no tienen, ni han tenido, apenas peso en la economía, la cultura, la política y el ejército. Y, ciertamente, es cierto. Poco a poco, aunque el sueño de la independencia sigue vivo, sobretodo entre los jóvenes -como casi siempre sucede, de todas formas-, y más todavía, gracias  a internet, la mayoría se conformaría con una autonomía política real, el poderse ganar la vida en su propia tierra, y que sus lenguas y cultura popular no se disuelvan entre la enorme masa eslava. Más o menos, como en Turquía, sólo que allá, realmente, no se les reconoce como minoría étnica, y se tiende a que se fusionen con la población racialmente turca. De todas formas, el independentismo real, práctico, es minoritario, y la mayoría de la población opta por apoyar las llamadas ashamas, o asociaciones culturales, que defienden la lengua y la conservación de la identidad por medio de la cultura, pero que, por extensión también desean tener cierta influencia política. Otro problema de todos estos pueblos es que su autonomía es bastante ficticia, pues el presidente ruso tiene derecho a deponer y colocar a su gusto a los presidentes de las repúblicas, lo que hace que su autogobierno -incluso, sus elecciones, el derecho de estos pueblos a elegir democráticamente a quien deseen que les represente-, en muchas ocasiones, no sea más que una farsa.
Hay, además, otra diáspora aparte de Turquía: los países que formaron parte del Imperio Otomano. En Siria todavía vivían, antes de la revolución y la posterior guerra civil que actualmente desangra el país, entre 100.000 y 125.000 circasianos -se acostumbra a dar cifras menores, pero las comunidades de Oriente Próximo siempre se contabilizan muy a la baja-, la mayoría en Alepo y Damasco, pues eran una comunidad predominantemente urbana, pues muchos fueron policías, militares y funcionarios, con los turcos o, más tarde, con los colonizadores franceses. Ahora mismo, cualquier información sobre esta comunidad, como de cualquier otra, se hace muy poco clara, excepto que varios miles han pedido poder emigrar a Rusia, que acostumbra a ser bastante cerrada a estos flujos de retorno. Pero, por esta vez, parece que Moscú está bastante por la labor de ayudar a esos lejanos compatriotas no eslavos, nacidos en tan lejano país. O eso se cuenta. Una cosa es el retorno masivo de eslavos de la lejana Asia Central, y otra bien distinta, la de descendientes de unos exiliados que, en suelo ruso, fueron un auténtico dolor de cabeza.
Respecto a los de Israel, viven concentrados, básicamente, en un par de aldeas del extremo norte -unos 15.000 en total-. Tal vez, separando la antigua Palestina del territorio libanés poblado por cristianos y drusos, que tanto hizo el gobierno otomano por oprimir y enfrentar. Soldados de frontera, en cierto modo. No tienen demasiados problemas de convivencia con la mayoría judía, e incluso algunos han formado parte del ejército israelí. El miedo de sus líderes sería que el islamismo se introdujera en la comunidad, pero parece que, aunque eso sea inevitable, su influencia, como entre sus hermanos de raza de otros países, es muy escasa.
En Jordania son unos 85.000, y antes de la gran inmigración palestina e iraquí, quizá fueran un 5% de la población, con gran peso en el ejército -la guardia real de los soberanos jordanos son circasianos y chechenos, aunque el ejército, en general, esté formado, sobretodo la oficialidad, por jordanos autóctonos, sin apenas presencia palestina-. Ellos fueron, realmente, los fundadores -o re-fundadores, da igual- de Amman, la capital jordana, y siempre han sido una comunidad respetada y con prestigio. Pero los problemas económicos y políticos, además del islamismo, podrían, a la larga, provocar que emigraran. Lo que quizá no sepan ellos, es a donde. A no ser, a la misma Rusia, que ve cómo los rusos y ucranianos, y otras comunidades, como los armenios, judíos y griegos, van abandonando poco a poco las repúblicas caucásicas. Y de los circasianos, antiguos enemigos a muerte, parecen confiar más que en otros pueblos, más separatistas, belicosos o influenciados por el islamismo yihadista, vía Al-Qaeda o wahabbismo saudí.
En Occidente, haberlos, los hay, pero muy pocos. En Estados Unidos, no más de quince o veinte mil, y aún menos en Canadá o cualquier país europeo por separado. Al menos, que se sepa. pues tienden a mezclarse muy rápido y fácilmente con la población blanca de cualquier nación, así como ser confundidos con rusos o turcos. Se supone que en Alemania podrían vivir hasta 40.000, pero son suposiciones. Se les cuenta como turcos. Tal vez también los haya en Egipto -donde fueron la base de los antiguos mamelucos, los señores militares que gobernaron el país antes del dominio británico; pues apenas se mezclaron con el resto de la población-, en Líbano y en Irak. Pero, sea por fusión con árabes o turcos, por pasar desapercibidos, emigración o eliminación, apenas nada se sabe de ellos.


Algo de su cultura y carácter. La reunificación.

Los circasianos hablan de la Adiga Una, la patria circasiana unida. Para ellos, es una realidad lejana, pero no pura fantasía. Quizá piensen, como sucede en otros muchos casos, que, a la larga, la demografía será su aliada, y ante el vacío de la emigración eslava, sólo la inmigración -o más bien el retorno- de su población exiliada sería la mejor solución.
Quizá convendría explicar un tanto el carácter de este pueblo. Desde siempre, los circasianos, tanto hombres como mujeres, fueran príncipes, nobles, o gente libre -otra cosa eran esclavos, o siervos, que no dejaban de ser una especie de esclavos con ciertos derechos, aunque no menos, ni más que los siervos de la Europa Occidental o la misma Rusia- eran considerados un pueblo vigoroso, fuerte, con una longevidad extraordinaria -parte de los hombres y mujeres más ancianos del mundo de los que se ha hablado en los últimos años son del Caúcaso, incluyendo Georgia-, muy dados al ejercicio y a lo que ahora llamaríamos deporte, grandes guerreros, jinetes y cazadores; y le daban gran importancia, y todavía lo hacen, al atractivo físico -y eso no incluye, simplemente, haber nacido con ello, sino también a tener buen gusto en el vestido, el peinado, el cuidar del propio cuerpo, etc-. En este pueblo, desde siempre se considera atractivo, en ambos sexos, la cintura estrecha, el talle esbelto, el pecho ancho sin exageracion, la agilidad y la elasticidad física. Lo más importante, realmente, no era el heredar la belleza de padres a hijos, porque eso era un regalo de la naturaleza -o simple genética, aunque en aquella época no se supiera qué era eso-, sino el cuidar del aspecto exterior, tanto como del intelecto, del comportamiento público y privado, y del intelecto. La música, el baile y el cante, y, como ya se dijo, las artes guerreras, y el saber desenvolverse en montañas y bosques, era considerado algo obligatorio entre todo hombre libre. Y más, en sus clases dirigentes.

Otro espectáculo de baile, en que se aprecia el colorido de los trajes circasianos.

Respecto al vestuario, aunque hoy en día tiende a ser muy parecido al de los rusos -y, en general, al de los pueblos occidentales-, todavía conservan su antiguo vestuario, y no sólo como un vestigio del pasado, o algo folclórico. Sería muy largo extenderse en este tema, pero sin duda, cuando se ven fotos del vestuario circasiano, no deja de ser impresionante. Y más, teniendo en cuenta que corresponde a un pueblo montañés, que nunca formó un reino o república, sino pequeños principados rurales, con parte importante de su gente viviendo en cumbres u ocultos valles, y con capitales que no dejaban de ser pueblos grandes y provincianos. Apenas pudieron ejercer influencia en la llamada "alta cultura", ni en lo que los anglosajones llaman "mean stream", o cultura mayoritaria, pero sí, paradójicamente, en sus antiguos enemigos, conquistadores y ocupantes: los rusos. O más particularmente, en ese extraño sub-grupo de la nación rusa: los cosacos.

Un grupo de baile con trajes tradicionales circasianos.

Y así es. Los altos gorros de piel, las capa negras con hombreras puntiagudas, las altas botas de suela fina, los cinturones ceñidos con hevillas de plata, las trabajadas fundas de sus armas -normalmente, siempre fabricadas por mujeres-... todo eso, parecel el vestuario típico del cosaco, o del ruso del sur o de la montaña. Y no deja de ser así, pues hace siglos que los rusos -como también el resto de pueblos del Cáucaso- han adoptado ese vestuario como propio, y la mayoría piensan que fueron sus antepasados quienes lo inventaron, considerando a los circasianos como una pandilla de salvajes -nativos, se les llamó en su tiempo, como algo despectivo-. Respecto a las mujeres, sólo hay que ver  fotografías, antiguas o actuales, de algunas de ellas, sorprenden por su enorme belleza, estilo, elegancia y majestuosidad. Es cierto lo que a veces se cuenta, que ver bailar a un grupo de circasianas con sus trajes nacionales más bien parece un desfile de reinas. El vestuario femenino, por lo visto, influyó menos en la forma de vestir de las rusas eslavas. Posiblemente, porque, en principio, casi todos los rusos que encontraron los circasianos eran hombres, guerreros o soldados. Pero debió haber, realmente, influencia mutua, porque las mangas colgantes que casi arrastrarían por el suelo -a no ser que la dama en cuestión llevara siempre los brazos más o menos levantados, nunca caídos- acabaron siendo algo casi testimonial, excepto en los vestidos de boda, o los folclóricos más tradicionales. La manga occidental también podía ser elegante, y mucho más práctica. Pero las joyas de plata -los collares y los pendientes-, las dagas que guardaban en la parte más intrincada de sus increíbles vestidos -al fin y al cabo, eran mujeres guerreras, dispuestas a suicidarse, o a luchar hasta la muerte contra cualquiera que quisiera dañarlas o abusar de ellas-; las pecheras que cubrían todo el pecho, con sus adornos de plata que, cuando reflejaba la luz, se distinguían desde gran distancia, las faldas largas y los zapatos altos, con una forma -y un andar- que parecía que las mujeres, cuando se movían, más que andar, flotaban, los gorros y tocados llenos de encajes y velos...
Uno y otro sexo, además, llevaban largas capas, llenas de adornos y bordados, que casi llegaban hasta el suelo. Respecto a las niñas y las jóvenes, muchas veces llevaban pantalones -algo realmente raro en las occidentales hasta no hace tanto, y que tal vez tuviera influencia persa-. En ocasiones, también llevaban algo parecido a pantalones finos debajo del vestido, que podía abrirse por la parte inferior, facilitando el poder moverse con facilidad, o montar a caballo, pues de un pueblo ecuestre se trataba. Eso sí, todo eso valía, más bien, para las clases alta y media -por llamarlas de una forma moderna-, pues la clase más baja, sin importar edad o sexo, vestía de una forma más modesta. Muchas veces, con ropa de algodón basto, y cubriéndose con abrigos de piel de oveja.
 Sin embargo, con el paso de los siglos,  la mortandad por guerras y exterminios,  la emigración masiva, y la desintegración de su antigua sociedad, ha hecho que todas las clases sociales se vieran diezmadas, arruinadas o desubicadas. Y la llegada del sistema soviético, autoritario pero también más igualitarista -al menos, sobre el papel- favoreció que los supervivientes de cualquier clase se mezclara con el resto. Y, a la larga, aquello fue positivo, pues los circasianos se consideran todos una nación, sin importar la antigua tribu de la que formaban parte, o qué posición ocuparon sus antepasados siglos atrás en sus antiguos principados. Es una sociedad bastante igualitaria, aunque fuera, como se decía hace cincuenta años, a la irlandesa: en aquel país, al poco de la independencia, se comprobó que las diferencias económicas en la población eran escasas... pues, una vez que se marcharan los funcionarios y terratenientes británicos, todos eran pobres, o poco les faltaba.
Ya se ha dicho que éste fue un pueblo guerrero, la el carácter marcial y las costumbres de la milicia siempre les han sido afines. Han ocupado puestos importantes tanto en los ejércitos de Siria -hasta la actualidad-, como de Jordania, y gran parte de los mamelucos de Egipto, esa extraña casta de esclavos liberados de raíz guerrera, y que elegía soberano de entre ellos mismos -primus inter pares, como dirían los antiguos romanos-, en gran parte, eran de origen circasiano o, al menos, caucásico. También pasó algo parecido en Turquía, y ya se ha comentado que combatieron en todas las guerras del Imperio Otomano, y de la República subsiguiente -balcánicas, la Gran Guerra, la masacre de los armenios, la guerra de liberación contra la ocupación de griegos, británicos y franceses...-, pero eso no significa que fueran siempre militaristas acérrimos. En el caso turco, y de los territorios que dominaban -incluída Bulgaria, de donde retornaron a Rusia o marcharon a Estambul; o de Kosovo, de donde emigraron hace pocos años al Cáucaso-. Muchos circasianos, en las últimas décadas, se han dedicado a la mecánica y a oficios técnicos que signifiquen arreglar cualquier tipo de aparato -algo que llama un poco la atención, pues no se les suponía especialmente aptos para la mecánica, o para arreglar máquinas y electrodomésticos-, así como a la medicina. En la política, sin embargo, nunca han sido demasiado numerosos.
Curiosamente, Rusia nunca aprovechó la facilidad y excelencia de esta raza para la lucha. Más bien al contrario, durante décadas, mandó división tras división de soldados a aquellas terribles montañas, exterminándolos o expulsándolos, o favoreciendo su emigración al enemigo otomano, creyendo que casi les fastidiaba, más que hacerles un favor -fastidiados acabaron muchos circasianos y otros inmigrantes, ante el pésimo transporte marítimo por el Mar Negro, la corrupción y la ineptitud de la administración otomana, y el uso que se hizo de ellos como soldados de frontera contra irrupción de nómadas árabes o kurdos, o en fuertes en ciudades de provincias alejadas, o colonos en territorios casi despoblados y desprotegidos, o en ciudades casi en ruinas, o fundando otras casi de la nada-. Es fácil suponer que, durante la II Guerra Mundial, los diezmados y dispersos circasianos no pudieran ser especialmente decisivos en la lucha contra la invasión nazi. Más bien al contrario. Si bien no se les consideró -con razón o sin ella, pues Stalin era un brutal paranoico que podía mandar a la muerte a miles y miles sólo por un mal presentimiento- un pueblo traidor, como los tártaros de Crimera, o sus vecinos chechenos, tardaron mucho en notar cierto aumento del  nivel de vida, pero siempre como una zona periférica, rural y casi olvidada de la inmensidad rusa.
Respecto a las armas, aparte del caballo -que no lo es en sí, pero en un pueblo ecuestre, a pesar de ser de montaña, tenía gran importancia-, y de su misma preparación militar desde la infancia, siempre contaron con largas espadas, puñales y dagas y, durante mucho tiempo, armaduras -más bien petos metálicos- defensivas. Pero al llegar al Cáucaso las armas de fuego, desestimaron la armadura, por no resistir las balas y ser pesada y molesta, y adoptaron rápidamente el fusil y la pistola -fue época tardía, y no llegaron a usar mosquetes o arcabuces que, por lo demás, les resultaban demasiado pesados-. No sólo fueron grandes tiradores, sino que llegaron a fabricar sus propias armas de fuego, e incluso mejorar modelos antiguos que cayeron en sus manos, como también lograron hacer, en el otro lado del mundo, los armeros japoneses.
Podría extenderme más, con la unión que este pueblo tiene con la naturaleza, con su situación económica actual, la visión que tienen de ellos los rusos -no muy buena, quizá, pero bastante mejor que de los chechenos, por ejemplo-, sobre su mitología -principalmente, la historia de los Nart, una especie de pueblo de héroes, de hombres y mujeres humanos, no divinos, pero extraordinarios, que en Europa sólo tendrían comparación, creo yo, con los Tuatha Dé Danann de la mitología irlandesa. Pero, entonces, esta entrada sería casi un tratado de antropología. Sobre la mitología, quizá cabría entrar más a fondo, pero eso merecería entrada aparte.

La belleza de las mujeres circasianas o abjasias es legendaria, pero ello, más que ayuda, ha sido un castigo para ellas, que han sido esclavas, esposas a la fuerza o concubinas de musulmanes o cristianos.

Se pueden encontrar en la red numerosas páginas, básicamente en turco y ruso -lo que hace difícil buscar, por no saber la grafía en esos idiomas de la palabra "circasiano", o cualquier otra. Además, el ruso ni tan siquiera se escribe en alfabeto latino, sino cirílico, lo cual hace todo más difícil. También se puede buscar por facebook, por "çerkes", o "cerkesler", pero la traducción que se puede conseguir es casi ininteligible, y básicamente se encuentras imágenes y videos. Respecto a la música -que también, como el baile, merecería entrada aparte-, estos foros son sitios indicados para conocerla más a fondo. O conocerla, simplemente. Respecto a los vídeos musicales, a falta de otra cosa, ponen imágenes que le han gustado al que los cuelga en la red, aunque no tengan nada que ver con la canción, pero algo es algo.

El "Si kabardey", en un video aficionado.

Aquí, un enlace con una página en inglés, donde hay cantidad de información, y siempre actualizada:

Circassian World

Respecto a lo que se podría llamar "himnos", o canciones clásicas, y que se pueden encontrar en youtube u otras redes de vídeos, el más clásico sería el "si kaberdey" -algo referente a los kabardinos, pero que no me pregunten el qué, porque no he podido encontrar la traducción por ningún sitio. A partir de éste, se pueden encontrar otros.

Y si hay en cine alguna película que haga referencia especial a este pueblo, es de suponer que tendrá que haber varias, pero, reciente, he encontrado información de una, jordana -aunque producida, en parte, con dinero europeo y, creo, turco-, que lo mismo se podría traducir, directamente, como "Cherkés", o como "El circasiano".
Una imagen del director y el cartel de la película. Muchos intelectuales circasianos criticaron que era una película de amor un tanto simplona, que había errores en cuestión de vestuario y armas, que la historia real no fue exactamente como se cuenta... todo eso puede ser cierto, pero tampoco era, ni mucho menos, una gran superproducción. Más bien, una forma sencilla de contar como aquellos exiliados a los confines del Imperio Otomano, y los beduinos árabes que se encontraron, tuvieron que aprender a convivir y a entenderse, y formar el germen de lo que, en un futuro, sería la actual Jordania. Un país, realmente, bastante artificial, y creado tras la I Guerra Mundial y el fin del Imperio Turco, por los británicos.

Trailer substitulado en inglés de la película.



1 comentario:

  1. ¡Hola Reddis!

    Me he quedado de piedra leyendo este artículo. Me ha dado hasta vergüenza lo que yo tenía escrito, y he modificado la entrada de "Circasianos en Jordania" para poner más información, y más detallada. De hecho, hace 5 años que fue cuando lo escribí, no había tantos enlaces disponibles ni tantos vídeos al respecto (aún así he tenido que buscar muuuucho).

    Mi entrada sobre los circasianos es ridícula porque simplemente pretendía dar una visión general, pero esa también la voy a editar y me extenderé un poco más.
    No me había dado cuenta de que bastante gente lee esas entradas, y más gente de la que creo conoce todo esto. Debería currármelo un poco más

    ¿No te importa que enlace esta entrada en mi blog? Porque yo sería imposible que recopilase tanta información y lo escribiese tan bien. Hay muchísimas cosas de las que no tenía ni idea. De los orígenes, por ejemplo... yo sé que soy circasiana y no me había planteado investigar sobre eso, jajajaja.

    Yo la película no la he visto todavía, vi el principio y se nota que no es una superproducción y mi familia es de esos que la han criticado. Pero oye, me parece bien que se haya hecho al menos una película sobre esto.

    Gracias por pasarte, comentarme y enseñarme tanto!

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